Pues señores, he aquí que suprimida la ch, si deciden prescindir también de la ñ, no sólo nos dejan sin el poco léxico coloquial que nos quedaba para referirnos al sexo femenino, sino que nos dejan además sin nombre propio para el Reino de España. ¿Cómo lo llamaríamos? ¿Este país, antes llamado España?
Desde luego, ya no podríamos irnos de cañas con los amigos, pero tampoco extrañaríamos a los ausentes, no hay mal que por bien no venga.
Lo siento por los políticos (en realidad no lo siento, es sólo una forma educada de hablar; la verdad es que todos ganaríamos mucho en este caso): ya no podrían hacer campaña. (Eso sí que estaría bien, casi me dan ganas de pedir que supriman la ñ)
Tendríamos días, semanas y meses, pero no años (por una simple cuestión de buen gusto prescindo de escribir el sustituto obvio al vocablo). Habría que reestructurar el transcurso del tiempo, casi nada.
También afectará al campo anatómico: nos vamos a ver sin pestañas, sin muñecas (¡¿cómo diantre vamos a sostener las manos?!) Y para colmo nuestros hijos ya no lo serán de nuestras entrañas.
Los niños ya no serán niños ni podrán jugar con muñecos.
No nos alegraremos los Santos con buñuelos y castañas asadas; no podremos celebrar los cumpleaños (quedaría feísimo celebrar los cumpleanos)
Habrá quien pueda verse en situación comprometida: al no poder recurrir al impersonal vocativo "Cariño", deberá utilizar el nombre propio de la pareja. Si no hay terceros, no hay problema. Pero si existe el otro o la otra (¡Viva la copla! y que viva doña Concha; Piquer, se entiende), existe también el riesgo, sobre todo en los momentos de intimidad amorosa, de equivocarse de nombre. ¡Qué situación!
Para evitar la prolijidad, voy a dar por finalizado este artículo, pero reflexionen, queridos lectores: ¿CÓMO SOBREVIVIREMOS SIN LA ESPAÑOLÍSIMA Ñ?