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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Rincón creativo. Bien. Lo bueno, lo perfecto están aquí, ahora. Se hace aire la paz y se respira a fondo hasta invadirte. Serenidad infinita de un momento, apacible la tarde me trae calma. © Raquel Méndez 198... Harta, dolida y sola, a bordo de la vida voy en cubierta, a la intemperie con el corazón a proa. Siempre avanzando a pesar de todo, a pesar del dolor y de hastío hacia adelante siempre y sobre las olas. Cualquier día un golpe de mar será más fuerte y -cómplice el viento- sepultará mi dolor atenazante, pasto seré de tiburones, seré la muerte y seguiré avanzando. © Raquel Méndez, 198... SCARFACE Corazón blindado, templo del dólar rojo que atesora vacíos y metralla. Se da lo que se tiene: muerte a manos llenas; frío matadero, la ciudad, decorado, oropel de rubís intermitentes que no ocultan al muerto del callejón entre cubos de basura, espalda del nigth club; jazz y metralletas ritmo de metal y fuego ritmo caliente de sangre corriendo entre copas de champán. 19-Mayo-1990 El tiempo ya no cuenta. Las horas se detienen los minutos. Un grito -¡muerte a los relojes!- un grito cuyo eco dispersa a los fantasmas: de sesenta en sesenta van huyendo. Desde siempre el ahora para siempre se ha instaurado. Y grito ¡Ya no hay tiempo! RAQUEL MÉNDEZ Nadie llama a la puerta de la casa deshabitada cuando la noche la envuelve de silencio, hechizo y magia. Y la casa llora lágrimas de luna y pena llora la casa su llanto de pura y simple tristeza. © RAQUEL MÉNDEZ Nada, menos que nada soy si no me amas. Tu amor me crea y sin él se diluye mi existencia en un mar infinito de vacío. Nada soy si no me quieres, si tu amor no me llena de sentido, eco sin voz, luz sin estrella, reflejo sin imagen reflejada, triste melodía sin hacedor. ©RAQUEL MÉNDEZ PRIMO Llovía en la ciudad; líquido urbano negro y sucio arrastrando inmundicias en su correr por las aceras. Gotas de odio horadando una a una gris el asfalto de calles devastadas. ¿No habrá esperanza aún para la luz, para el rayo de un sol no envilecido? ¿Un jirón de cielo podré hallar todavía donde sólo basura perciben los sentidos? Hogar diseminado en fragmentos personales guerra, ocaso, destrucción, muerte en todas las esquinas, hedor de podredumbre, torbellino de locuras sin sentido, carrusel desbocado de la noche, paroxismo sangriento y meditado, rito caníbal de cadáveres vivientes que aguardan ansiosos a los vivos moribundos prestos a devorar sus vísceras calientes carnaval de sádicos fantoches que ocultan malamente su crueldad desenfrenada bajo el cartón quebradizo de máscaras grotescas, cuerpos descarnados, ojos sin rostro, miembros esparcidos, semillas de horror que fructifican en los campos abonados con muertos ya corruptos; pasión demencial de lo prohibido, fuerza atroz incombatible, te destruirás a ti misma porque nada permanece, porque todo se derrumba, porque todo retrocede hacia su origen en el infinito inexistente hacia el escalón primero y último del que partió y al que ahora llega, tras recorrer todo el camino, circular, y porque a pesar de todo aún creo en los hombres. RAQUEL MÉNDEZ. Solaz, sosiego fingido, sima disfrazada de paz plena, nada es lo que parece, la nada, el mundo lleno de nada; ahondo y me pierdo en el vacío, ya no sé, sólo imagino y creo más nada que puebla mi cabeza, vértigo, nada eterna infinita nada sin fondo que devora olvidos. Presencias sólo, presencias de la nada hermosas, atroces presencias del no ser. Imágenes tan sólo, apariencias de la nada insondable y angustiosa. Anegados en nada mis recuerdos, imagen de una imagen, nada bañada en sentimientos que son nada No es posible la paz, la paz no existe, no existe el mundo, es sólo una palabra inexistente. Clama la nada por un dios libertador, omnipotente, clama con un grito imagen de sí misma, un grito inaprehensible que no es nada; atrapada en sí misma la nada generando nada le grita a Dios que la destruya porque sólo en la muerte está su salvación. Nada doliente, sufrimiento de partos necesarios y vacíos, trágica nada, al fin Dios te escuchó. 16 de Febrero de 1987 Raquel Méndez Primo Bendito aislamiento que le permitía tener las ventanas libres de persianas y cortinas en la seguridad de que nadie podría verlo. Aquella escultura viva de alta estatura y proporciones perfectas estaba muy lejos de imaginar que alguien lo observaba. Pero así era. Ella, la mujer de la casa del cerro, dedicaba su tiempo a contemplarlo a través de un telescopio que cuando se instalaron allí no quería; accedió al fin a tenerlo porque su marido estaba interesado por aquel entonces en la astronomía; un gusto que, como todos los suyos, fue pasajero y breve. Allí se quedó el instrumento y ahora lo utilizaba ella para fines que su esposo no hubiera sospechado jamás. Desde su puesto de observación tenía acceso visual a todas las habitaciones de la casa del joven, salvo a una.Tampoco podía ver la entrada. Y allí, ante la lente cómplice, pasaba todas las horas que el joven estaba en su vivienda. Le gustaba contemplarlo durante el aseo, y cuando se duchaba, le excitaba contemplarlo cuando él satisfacía sus más naturales necesidades. Lo miraba cuando comía, y cuando arreglaba su casa, sin más ropa que unos boxer; lo observaba cuando el joven se sentaba a la mesa y comía mirando la tele, y cuando, arrellanado en el sofá veía una película para entretener sus noches solitarias. Lo miraba dormir, y masturbarse tumbado sobre la cama. Ella, una mujer de madurez espléndida, frígida para un marido que complacía el menor de sus caprichos sexuales, incluso aunque le humillasen o le causaran dolor físico, se excitaba hasta el clímax ante la contemplación absoluta de un joven que realizaba sus actos cotidianos con la naturalidad del que no se sabe observado. No siempre tenía ella ocasión de dedicarse a esta furtiva contemplación de una escultura cincelada en carne viva. No siempre estaba el joven en su casa ni faltaba siempre de la suya el marido desavisado. Esa tarde ella estaba inquieta; llevaba unos días sin poder verlo. Mientras preparaban la mesa para cenar, su marido le dijo que después bajaría al Casino, a echar una partida nocturna de mus. Naturalmente, ella no puso inconvenientes. Con su mejor sonrisa le animó a hacerlo con la indicación expresa de que no se apresurase en volver, que ella estaría bien y comprendía que el juego suele prolongarse más de lo que uno prevé. Después del café de sobremesa, la mujer se quedó sola. Miró por la ventana y vio a su marido bajando por el camino en la vieja moto que sólo utilizaba para eso. Recogió deprisa y fue a su dormitorio. El joven estaba en su casa, había luz en algunas habitaciones, pero pasaba el tiempo y no aparecía ante su vista. No podía más, tenía que verlo. Cuatro días sin contemplar aquel cuerpo desnudo la habían llevado a una impaciencia extrema que no podía soportar más. Tomó una decisión en cierta medida audaz. Rebuscó en el armario de los trastos unos prismáticos y, con el binocular colgado al cuello, bajó un trecho de cuesta hasta que encontró un buen lugar para observar: lo bastante alto para tener buena visión y lo bastante alejado para que no se la pudiera ver a ella. Allí se situó y a simple vista pudo darse cuenta de que el joven no estaba solo. Había alguien con él; estaban en la habitación que desde la casa del cerro quedaba oculta; ahora la mujer descubrió que se trataba de un estudio en el que también había una cama. Y allí, en el lecho, dos cuerpos yacían abrazados y realizaban todos los juegos previos al coito. La mujer sintió una extraña excitación; colocó las lentes ante sus ojos y miró con avidez; aunque la visión no era clara por la escasa calidad de los prismáticos y por el difícil escorzo que mantenían las figuras, acertó a descubrir que la pareja del joven era otro hombre; eso la sorprendió sobremanera, no se le había pasado nunca por la cabeza la posibilidad de que fuera homosexual; y le provocó una excitación aún mayor; sentía un calor abrasador que le subía desde el epicentro al corazón y le nublaba la cabeza. Y siguió observando. Aquellos dos cuerpos masculinos se movían con compenetración perfecta y los besos que intercambiaban eran tan apasionados que la mujer casi podía sentirlos en su propia boca, profundos y húmedos, haciéndole gemir de gusto. Siguió contemplando la escena hasta que le sobrevino el clímax, pero ellos aún se demoraron un tiempo. Y cuando por fin se separaron y ella pudo verlos, la impresión estuvo a punto de bloquearle la mente: el amante solícito y apasionado del joven que ella anhelaba era su marido. De pronto comprendió ausencias y razones que sólo eran excusas. Comprendió de repente y de una vez por qué su marido aceptaba una esclavitud sexual respecto a ella que sólo podía humillarlo: de esa forma purgaba él su sentimiento de culpa por el doble engaño. Repentinamente, soltó una carcajada; acababa de darse cuenta de una cruel ironía: era la primera vez que alcanzaba un orgasmo gracias a su complaciente marido. Y rió y rió hasta que lágrimas amargas le anegaron el rostro y comprendió que acababa de dar el salto al abismo terrible de la locura. Sus encuentros transcurrían ante dos tazas de humeante café. Su aroma los envolvía en una neblina fragante que los transportaba a un mundo sin dimensiones en las que sentirse atrapados, sin magnitudes precisas que los limitaran. Ante dos tazas de café humeante en Le Cafe Martin se les escapaba el tiempo y se diluía el espacio al abrigo de la conversación. Le Cafe Martin era su espacio y era su tiempo, fuera ya no había nada que pudiera interesarles. Ése era el lugar donde eran ellos, donde no había reservas ni pudores, donde lo más recóndito de cada uno afloraba sin freno ni medida. Hablar. Qué hermoso era hablar en ese lugar que tenían como propio, en ese acogedor y exclusivo Cafe creado por y para ellos. Fuera transcurrió el tiempo. Y se les coló por alguna rendija de silencio. El tiempo invadió Le Cafe Martin y ya nada fue lo mismo. Se les coló por alguna rendija de silencio el espacio y tomó sin asedio previo Le Cafe Martin, y ya nada volvió a ser lo que era. Las dimensiones reales cubrieron su mundo sin dimensiones ni límites y lo destruyeron. No supieron evitarlo. ¿No quisieron? Tal vez pensaron que, a pesar de todo, de todos modos ocurriría... Siempre les quedaría el poso de tristeza, nunca les quedará París. La Luna. Lo busqué en el diccionario: LUNA. Astro, satélite de la Tierra, que alumbra cuando está de noche sobre el horizonte. Lo busqué en la Enciclopedia: LUNA. La Luna es el único satélite natural de la Tierra. Es el astro más cercano a nosotros y el mejor conocido. Su diámetro es de menos de un tercio del terrestre (3.476 km), su superficie, una decimocuarta parte (37.700.000 km²), y su volumen alrededor de una quincuagésima parte (21.860.000 km³). Y en mis recuerdos: LA LUNA. Mi meta; mi sueño: alcanzarla un día. Y al fin lo busqué en mi corazón: LA LUNA. Lugar mágico e inaccesible, salvo para nosotros dos. Territorio ubicuo e inexplorado donde tal vez un día podamos dejar la huella de nuestros cuerpos amándose, fundiéndose al calor abrasador de una pasión sin límites ni trabas. Y entonces la LUNA será aún más mágica y misteriosa, será más hermosa aún y más lejana para todos, salvo para nosotros dos. Desnúdate, muéstrame tu cuerpo, que quiero conocer tu alma. Déjame saberte y pisemos la LUNA, esa luna nuestra y sólo nuestra, tuya y mía, que nos espera para no sentirse deshabitada y triste. Ven conmigo y habitemos la LUNA. Todo sucedió en una Playa del Sur. Me enamoré, se enamoró. La diferencia de edad no era un obstáculo para nosotros. El verdadero problema era la actitud de su hijo. Vivían juntos en la casa de la playa, con absoluta libertad ambos, pero con la semi-dependencia emocional que supone una relación de auténtico amor. Su hijo no me aceptaba, creía que no era más que una cazafortunas que pretendía, y lo había conseguido, engatusar a su padre para vivir a su costa. Su padre no era un multimillonario, pero sí disfrutaba de una holgura económica que podía convertirlo en objetivo de ese tipo de mujeres, así que yo comprendía la actitud de ese hijo cariñoso que, en realidad, lo único que pretendía era proteger a su padre de lo que él creía una relación peligrosa. Esa comprensión facilitó las cosas cuando decidí marcharme. Le expliqué mis razones: - Tu hijo no me acepta, lo sabes. Y si no me acepta terminará alejándose de ti y eso te hará daño. No quiero que eso ocurra. Te quiero demasiado para hacerte pasar por eso. Lo mejor es que me vaya. Intentó convencerme, pero seguí haciendo mi maleta. Cuando lo tuve todo listo, él me ayudó a cargarla hasta el coche. Nos abrazábamos sin ser capaces de separarnos cuando oímos unos gritos acercándose y haciendo resonar mi nombre. Su hijo llegó hasta nosotros. - Papá, me gustaría hablar un momento con ella- pidió. Su padre, sin excusas absurdas, se alejó. Y entonces, cuando él ya no podía oírle, el hijo me habló: - Lo siento. - ¿El qué? - Mi actitud. Soy un estúpido. Estaba totalmente equivocado contigo. Algo en mi rostro debió de sugerirle la pregunta que no formulé. Y respondió a esa interrogación muda. - Oí accidentalmente vuestra conversación. Ahora sé que le quieres. No sé cómo no lo vi antes. Al fin y al cabo, le queremos los dos, eso tenemos en común. Es un buen punto de partida para que seamos amigos. Por favor, quédate. Le sonreí y saqué la maleta del coche en silencio. Me sugirió que le diéramos a su padre una sorpresa. Él se adelantó para prepararla. Lo seguí y esperé en el porche, donde su padre no pudiera verme, el momento oportuno para reaparecer. Cuando entré y vi sus ojos, supe que ya no volvería a separarme de él, que siempre nos amaríamos en la solitaria, tranquila y preciosa Playa del Sur. Nunca recibirás, amor, la rosa blanca que desearía dejar cada mañana sobre tu mesa para alegrarte la jornada; no recibirás nunca en tu casa la docena de rosas que desearía enviarte cada tarde para que su belleza y su fragancia la impregnaran. Nunca, mi amor, verás en mis ojos lo que siento ni mi voz dejará traslucir cuánto te amo. Querría cogerte de la mano y pasear, compartir contigo un café, una sesión de cine, una cena romántica en cualquier lugar encantador... Querría poder compartir tus desayunos y tus noches, caminar contigo bajo la lluvia, querría hacer todo eso que hacen los demás enamorados. Pero nunca te diré "Te amo". Ni te daré ninguna muestra de mi amor. ¿Qué pensarías si, al llegar cada mañana a tu trabajo, vieras adornando tu mesa un rosa blanca? ¿Qué sentirías al recibir cada tarde una docena de rosas sin saber quién las envía? Tal vez empezarías sintiéndote halagada, comenzarías a imaginar un romántico caballero enamorado al que terminarías deseando conocer; probablemente intentarías descubrir la verdad y quizá llegarías hasta ella. ¿Qué ocurriría entonces? Sufrirías, sin duda. Y yo te quiero demasiado para hacerte el menor daño. O tal vez te inquietarías y te invadiría el temor, podrías llegar a creerte objeto de deseo de un desequilibrado del que no sabrías qué esperar. Te amo demasiado para robarte la tranquilidad. Seguiré ocultando lo que siento porque no tengo otra salida. Es así de duro y de sencillo. Seguiré amándote y no te lo diré ni te lo demostraré nunca por una razón que sin duda entenderías: yo soy lesbiana; y tú, una hermosísima hetero dotada de exquisitas imperfecciones que te hacen única y PERFECTA. Oigo el estimulante gorgoteo del líquido bullendo en la cafetera, subiendo desde el depósito inferior hasta casi rebosar. La retiro del fuego y aspiro ese aroma vivificante y único que despierta mis sentidos aún algo embotados por el sueño de una noche que casi ahora vio su fin. Cae el líquido oscuro y caliente en el pote como del caño de una fuente de manantial vitalizador y saludable. Le añado leche y el color va aclarándose mientras remuevo el café con la cucharilla, hasta adquirir un tono ligeramente más suave. Ya está listo para saborearlo. Nada de azúcar, un buen café manchado y casi amargo, para empezar a vivir otro día. Mientras tomo el café, sin prisas, veo a través de la ventana cómo el sol va elevándose despacio allá, en la línea de un horizonte casi oculto por árboles y casas de fachadas blancas. Está naciendo la mañana y yo renazco a este nuevo día gracias al sabor fuerte y tonificador de la infusión. Aspiro su aroma delicioso, todos mis sentidos se recrean en cada sorbo. Prolongo este primer momento del día, bebo despacio, deleitándome con el sabor y el olor de este manjar líquido y exquisito. El silencio envuelve este rito solitario y placentero. ¡Qué calma! ¿Cuánto durará? Lo que dure el silencio, lo que dure el placer de este primer y solitario café de la mañana. Ahora que estoy lejos, amor, todo mi cuerpo te añora. Añoran mis oídos tu dulce acento, el son dulce de tus palabras. Añoran mis ojos la luz de los tuyos, amor. Añora mi boca tus besos. Añoro el olor fresco de tu piel y su tacto tibio y suave. Añoro el peso de tu cuerpo sobre el mío, el latido de tu corazón sobre mi pecho. Mi cuerpo no existe si no lo modelan tus manos, cuando ellas lo dibujan cobro la conciencia de mí misma, la conciencia de mi cuerpo modelado por tus manos, amor. Ahora que estás lejos, mi bien, te añoro. No me olvides. Se abrazaron sosegadamente. Se enlazaron estrechamente, sin brusquedad y sin prisa. Luego, una mirada cómplice y los besos: besos breves y suaves, uno, otro y otro más; tras ellos, un beso lento, húmedo y profundo que se prolongó mientras ella le desabrochaba sin verlos los botones de la camisa, acariciando cada milímetro de la piel tibia que iba quedando al descubierto. Y ahora él le descubre los hombros, los besa, sube despacio por el cuello, lamiendo esa piel que tan bien conoce, se demora en el lóbulo de la oreja, le respira en la nuca, donde sabe que a ella le excita... Se despojan uno a otro de todo lo que les impide amarse cuerpo a cuerpo, piel con piel. Desnudos, se echan sin dejar de abrazarse. Se regalan besos y miradas, él le acaricia con su sexo cada milímetro de su piel suave y blanca, ella se lo besa y juguetea con ello entre sus labios. Ahora él se desliza por sus senos y su vientre hasta el recóndito rincón oscuro y placentero que ella le ofrece para que pose en esos labios los suyos de hombre en celo. Y él acepta el íntimo ofrecimiento y posa allí sus labios, y lame con fruición lo más oculto de ella, que gime y goza de la húmeda caricia de esa lengua cálida y apasionada. Él retrepa hasta sus pechos y los acaricia y aspira su olor único y los besa para después lamer la areola rosada y los pezones erguidos. Ella escapa y, ya sobre él, recorre su espalda acariciándola con la punta húmeda de la lengua con toques diestros y precisos, deslizándola por su espina dorsal hasta el borde de las nalgas. Allí se detiene y le mordisquea juguetona los glúteos, mientras él se excita más y más. La pasión va invadiéndoles las venas y se les hace sangre. Ella lo retiene entre sus caderas, se enredan sus lenguas en un beso inacabable y él la penetra con delicadeza inesperada. Se mueven rítmicamente, y cada embestida les arranca un gemido de placer incontrolable. Ella le recorre la espalda con las manos una y otra vez y se detiene ahora en sus nalgas, acaricia largamente la hendidura y él apresura el movimiento; ella le penetra ahora y él cree morir de placer, perdido entre sus piernas suaves e interminables y presa de los dedos incisivos y sabios de la mujer a la que desea como nunca antes deseó a otra. No hay mundo, no hay tiempo ni hay espacio, se ha detenido la vida, se ha concentrado como una esencia en ese largo instante de pasión infinita y devoradora. Ella acaricia su interior y él la ama con su sexo y con todos sus sentidos exacerbados por el gozo que ello le proporciona. Gime ella sin tregua, gime sin tregua él y llega el éxtasis: un doble alarido de placer desemesurado hiere el aire y ellos ahora descansan abrazados amándose de otro modo. Siguen la noche y el juego. El día siguiente lo es de trabajo y el sentido común pone fin a la diversión: pagan sus consumiciones, devuelven la baraja y se marchan a casa. Ha sido una buena noche, una noche divertida y alborotada que han disfrutado juntos y a tope. Se van, no les queda otro remedio, pero lo hacen alegres y satisfechos y eso es algo que llevan ganado, algo que nadie puede ya quitarles. Ángel había bajado el coche y dejó primero a Paula en casa, después a Ana, a Carmen luego y por último a Marta, su novia. Trayecto movido: Ángel no ha parado de hacer de las suyas; y sus compañeras, de intentar impedirlo; esfuerzo inútil: el conductor manda siempre. - Fanta es lo mejor para tener buena voz- (Amanda pensaba siempre en cantar) - Si tu canario no canta, dale de beber Fanta- le contestó María José con rápido ingenio. - Pepsicola es lo que mola- dijo Beatriz con un ligero tono chulillo. El recreo pasó muy deprisa; pero las clases, especialmente las de la tarde, se hicieron interminables. Rocío, Luisa y Raquel tenían un problema: el lunes empezaban los exámenes, iban a necesitar todo el tiempo para estudiar y no les quedaría mucho para escribir. Contaban con dos días antes de la gran carrera, que eso eran para ellas las temporadas de exámenes; debían aprovecharlos al máximo. Decidieron que aquel día no perderían el tiempo en merendar y se pondrían a trabajar directamente en cuanto llegaran a casa de Raquel. Efectivamente, a las seis en punto empezaron a escribir y no interrumpieron para nada su labor, salvo para pensar qué contar o cómo hacerlo. De vez en cuando se oía una risilla de Luisa, que veía a sus personajes actuando ante sus ojos, metidos en un lío muy gracioso. Los detectives de Rocío habían encontrado una pista que parecía ser buena, pero ahora el problema para la autora era decidir si realmente los conduciría a la solución o si hacerles equivocarse otra vez y dejar que el caso se resolviera como por casualidad. Raquel lo tenía ese día más fácil: la tirana Elba, malvada y perversa, iba a viajar hasta la estrella del príncipe Tan para establecer un acuerdo con él, aunque sus verdaderos planes eran derrocarlo y coronarse princesa de X-25. A las ocho, Luisa dejó a sus chicos escondidos en su Refugio del Árbol Grande; Rocío, a sus detectives conduciendo por una carretera solitaria camino de una casa apartada; y Raquel, a Elba y sus dos guardias de confianza repasando el plan secreto para derrocar a Tan; y dieron por finalizdo su trabajo aquel día. Tantas ganas tenían de ver acabadas sus historias, que el sábado se reunieron ya por la mañana para volver a reunirse por la tarde. Sus amigas estaban asombradas. - Hija, dejadlo un rato- tuvo que decirles Mari Carmen cuando ya llevaban un par de horas de la mañana trabajando. - Luego, luego, yo ahora no puedo- dijo Rocío, que estaba inspirada. Como todo tiene un límite, también su capacidad de trabajo lo tenía y estaban llegando a él, así que a mediodía, quizás algo más tarde, dejaron sus historias y bajaron al jardín para jugar un poco. Tanto se entretuvieron jugando, que sólo les quedó media hora para escribir antes de la comida. - A las cuatro subimos- anunció Rocío al despedirse. Eran las cuatro y media cuando Luisa y ella llamaban a la puerta de su amiga. Sin perder un minuto, se encerraron las tres en el pequeño cuarto de trabajo y pusieron bolígrafo a la obra. Los jóvenes naúfragos de Luisa hacían planes para huir de la isla mientras esperaban el momento adecuado para abandonar el Árbol Grande; Rocío condujo a sus detectives hasta la casa apartada y, tras hacerles pasar a ella, los enfrentó a un mayordomo misterioso con cara de palo; Raquel buscaba el modo en que el príncipe Tan pudiera darse cuenta de las perversas intenciones de Elba. Cuando se cansaron de ecribir, Mari Carmen les llevó una rica merienda y después les propuso un juego que las chicas aceptaron y en el que participó ella también. El tiempo, con tanta diversión, pasaba muy deprisa, tanto que, al terminar el juego, sólo les quedaba una hora para escribir antes de que Rocío y Luisa tuvieran que marcharse. Fue un hora poco productiva, porque Raquel no encontró el modo de poner al corriente a Tan de las intrigas de Elba; los naúfragos de Luisa no pudieron abandonar el refugio y Rocío no era capaz de concentrarse en su historia. El domingo no hubo reunión, las chicas de sexto pasaron el día estudiando como locas para el examen del lunes. Toda la semana iban a tenerla ocupada; algún día incluso con más de un examen. Rocío, Luisa y Raquel se sentían fastidiadas, no les apetecía interrumpir su labor literaria, con la que estaban tan entusiasmadas. Una semana les parecía mucho tiempo. Las tres tenían la firme intención de reanudar la tarea una vez concluidos los exámenes. Pasó la semana y la siguiente trajo nuevos impedimentos para ello: trabajos de grupo, añadidos a los deberes de costumbre. El correr de las semanas de inactividad forzosa fue haciendo disminuir la fiebre literaria de las tres chicas y aparecer nuevos entusiasmos. Sus sesiones no volvieron a reanudarse y los naúfragos de Luisa nunca abandonaron la isla; el mayordomo no dijo todo lo que sabía a los detectives de Rocío; y Elba jamás llegó a coronarse princesa de X-25. Mari Carmen no volvió a divertirse con las reuniones ni con las lecturas; pero aquellos días, mientras intentaban contar historias, las chicas habían disfrutado mucho, habían vivido una aventura diferente. FIN 17 de Enero de 1991 No les quedó otro remedio que resignarse, aunque escribir era más divertido. El martes tampoco pudieron reunirse: los deberes de Francés, Lenguaje y Naturales tuvieron la culpa. Por fin el miércoles celebraron una nueva sesión. Después de ver "Espacio 1999", se metieron en el cuarto de estudio y pusieron manos a la obra. - ¿Caverna se escribe con be o con uve?- preguntó Luisa. - Con uve- respondió Raquel muy segura. Pasó un minuto antes de una nueva interrupción. - ¿Revólver cómo se escribe?- consultó Rocío. - Pon pistola- sugirió Luisa, sin ganas de quebrarse la cabeza. Rocío escribió "pistola". Dos minutos más y ahora interrumpió Raquel: - Se me ha ocurrido un título. - ¿Cuál?- se interesó Rocío. - "Elba, tirana cósmica" - Suena bien- aprobó Luisa. Antes de que pudieran darse cuenta, se había hecho hora de terminar. Al día siguiente quedaron fijadas las fechas de examen que faltaban por establecer. Ya sólo quedaban cuatro días antes del primer ejercicio. La tarde del jueves tuvo lugar la novena sesión de trabajo. Rocío estaba de mal humor, sus detectives no encontraban al culpable porque ella no sabía cómo hacerlo, se había embrollado tanto que ahora había perdido algunos cabos de la trama y no conseguía recuperarlos. A Luisa no se le ocurría ninguna otra aventura para sus jóvenes náufragos. Sólo Raquel parecía estar en fomra mental y escribía y escribía sin levantar la cabeza ni prestar oído a las quejas de sus compañeras. Pero de repente dejó de escribri, puso cara seria y dijo con rotundidad: - Ya no sé qué más poner. Esas palabras sirivieron para dar por finalizada la tarea del día. El viernes tuvieron una clase de Lengua muy divertida: para explicarles la lección sobre el lenguaje publicitario, don Higinio estuvo haciendo eslóganes de lo más chistoso y les puso unos ejercicios consistentes en idear otros que fueran originales. Tanta gracia les hizo aquello, que dedicaron el recreo a realizarlos. Ana propone jugar al asesino. Marta y Paula no conocen las reglas y Ángel, Carmen y Ana intentan explicárselas interrumpiéndose unos a otros, hablando todos al mismo tiempo e incluso contradiciéndose. En medio de tal confusión, Marta trata de imponer orden. - Bueno, que lo diga uno solo, porque así no nos aclaramos. Ana toma la palabra. - Se reparte una carta a cada uno. El que tenga el as de oros es el asesino; tiene que guiñar un ojo a alguien, y ése es el muerto; al qeu le toque el rey de oros es el policía y tiene que descubrir al asesino. Ah, cuando alguien vea que le guiñan el ojo tiene que decir "muerto". La carta no te la tiene que ver nadie, claro. Está muy bien, porque acaba mirándose todo el mundo con ojos de lobo y muertos de risa. Van a probar. Marta baraja y reparte. Con mucho cuidado de no dejársela ver, cada uno levanta su carta y la mira. Empiezan a mirarse unos a otros con fijeza y apenas pueden contener la risa. Por fin se oye: - Muerta. Pero han sido dos las voces. Lo que empieza ahora es el desconcierto. ¿Quién ha matado a Paula? ¿Quién es el asesino de Carmen? ¿Ha hecho trampa el asesino? ¿Una de las dos víctimas no lo es? Ángel descubre su as de oros y se encara riendo con Paula. - Pero si yo he matado a ésta- dice señalando a Ana. - Si Ana me ha guiñado el ojo- protesta Paula. - Conque me lo ha guiñado a mí...- rectifica Carmen. - Yo que voy a guiñar el ojo a nadie, lo que he hecho ha sido parpadear- aclara Ana. - Y no has visto que te lo guiñaba yo- concluye Ángel. Marta hubiera tenido muy difícil su labor de policía con el lío que han formado: una muerta que no sabe que lo es y dos presuntas víctimas que creen serlo de la verdadera. Se han reído tanto con este primer intento que deciden jugar otra vez. HABÍA PERDIDO LA PAZ, PERO A RATOS ENCONTRABA ALEGRÍA. NO ERA FELIZ, PERO OLVIDABA A RATOS SU TRISTEZA. NUNCA HABÍA PERDIDO SU CAPACIDAD DE REÍR. Y RIENDO RECUPERABA A VECES PARTE DE SÍ MISMA, LA PARTE DE SÍ MISMA QUE ÉL LE HABÍA ROBADO. ÉL LE HABÍA HECHO ENTRAR EN UN TORBELLINO IRREVERSIBLE: YA NUNCA PODRÍA SER LO QUE FUE, NO PODRÍA NUNCA RECUPERARSE, HABÍA CAMBIADO, ERA OTRA, ERA ABSOLUTAMENTE OPUESTA A LO QUE FUE, Y NO PODÍA ASUMIRLO. ÉL ERA UNA FRONTERA EN SÍ MISMA: ANTES DE ÉL, DESPUÉS DE ÉL. A VECES LO ODIABA POR ELLO Y SE SENTÍA INCAPAZ DE PERDONARLO. SE SENTÍA JUZGADA, DESPRECIADA, INCOMPRENDIDA. SE REBELABA, SE ENTRISTECÍA, SE DESENTENDÍA Y SE AFERRABA AL BUEN HUMOR PARA SALVARSE DE LA DESESPERANZA Y DE LA AMARGURA. SÓLO ERA UNA PERSONA NORMAL CON LOS MISMOS SENTIMIENTOS Y DESEOS QUE LOS DEMÁS. ¿ERA ESO TAN DIFÍCIL DE ENTENDER? ¿NADIE IBA A SER CAPAZ DE DARSE CUENTA? TODA LA CULPA ERA DE ÉL. LO ODIABA, LO ODIABA, LO ODIABA. - ¿Habéis terminado los bocadillos?- le respondió preguntando su madre. Ante la respuesta afirmativa de su hija, Mari Carmen apareció con una caja del dulce solicitado. - ¿Cómo vais?- se interesó por el trabajo de las chicas. - Yo llevo tres capítulos- informó Luisa con alegría. - Yo voy pachín-pachán- dijo Rocío haciendo girar la muñeca. - Yo estoy terminando el segundo capítulo. - Pues seguid, seguid. Y cuando hayáis terminado me los leéis Cada vez que Mari Carmen las animaba de esa forma, la imaginación de las muchachas se ponía en marcha como por arte de magia, igual que si hubiera formulado un conjuro. De modo que al finalizar la jornada, Luisa casi había acabado su quinto capítulo, Rocío opinaba que ya iba bien y Raquel estaba muy contenta porque se le había ocurrido una nueva intriga para su cuento espacial. El domingo se tomaría vacaciones y no reanudarían el trabajo hasta el lunes, después de "Islas perdidas", por supuesto. Antes de eso tenían que ir al colegio y hacer los deberes del día. Y llegó el lunes, transcurrió la mañana, asistieron a las clases de la tarde y tuvieron que desconvocar la reunión porque les habían puesto deberes de Lenguaje, Sociales, Matemáticas y Religión, y no iba a darles tiempo para hacer otra cosa. - Mañana nos juntamos otra vez- dijo Rocío hablando también por sus dos compañeras. Después de dar buena cuenta de la merienda, le leyeron lo que llevaban escrito. - Muy bien, están muy bien; hala, seguid, a ver si lo termináis- animó a las chicas. El nuevo estímulo aumentó sus ímpetus y aún tuvieron fuerzas para trabajar una hora más, esta vez no leyendo, sino escribiendo lo que les dictaba la inspiración. Transcurrida esa hora, dieron por concluida la tarea del día. El viernes fue, solía serlo, un día alegre: último día de clase, promesa cierta de fin de semana. Para Raquel, Luisa y Rocío podía ser un fin de semana especial. Después de pasar la mañana del sábado jugando con sus amigos del barrio a "Espacio 1999", la serie televisiva de los miércoles, utilizando estabilizadores estropeados de televisor como computadoras, y representando aventuras extraterrestres, Raquel recibió aquella tarde en casa a sus colegas literarias. Llegaron éstas a las cinco y media, dispuestas a aprovechar al máximo una tarde más larga que las habituales. - No se me ocurre nada- se quejó Rocío tras una media hora de trabajo. - A mí tampoco- coincidió Raquel. Luisa ni s¡quiera levantó la cabeza: estaba tan enfrascada escribiendo que no las había oído. Al cabo de un rato, también a ella empezó a fallarle la inspiración. Era el momento adecuado para descansar un poco y merendar. - Mamá, ¿hay rosquillas?- preguntó Raquel. Los ánimos estaban exaltados, nadie tenía sueño ni ganas de irse a casa. De lo que sí las tenían era de diveritrse y meter bulla. - Al burro, venga. Aceptación unánime. Las cartas, de cuatro en cuatro; a la de tres se van intercambiando de una en una al compañero de la derecha. Una vez, y otra, otra más... El grito de alarma: - ¡Burro! Las manos amontonadas unas sobre otras y todas sobre la mesa en fracciones de segundo. La mano sobre todas, la del perdedor. Ruido y risas. Ha ganado la b. Paula ha completado la palabra antes que los demás: ha perdido. Deber recibir la paliza. Los oros, palmada; copas, pellizco; espadas, golpe dado con el canto de la mano; bastos, puñetazo. Paula extiende la mano sobre la mesa, con el dorso hacia arriba, dispuesta a recibir la paliza con que se castiga al perdedor. Pero aún tiene la oportunidad de salvarse o, al menos, de no recibirla completa si le acompaña la suerte, si tiene habilidad o si aúna ambas. - Espera, saca carta- le dice Ana. Paula extrae del mazo, al azar, el cinco de oros. Ángel la devuelve a la baraja, revuelve un poco las cartas y empieza a levantarlas una a una. No van más que siete y aparece el cinco de oros, pero Paula no ha sido lo suficientemente rápida en poner su mano sobre ella y se le han adelantado los demás; debe aguantar la paliza hasta el final, quieras que no. Afortunadamente, Carmen, Ana y Marta son compasivas, todo lo contrario que Ángel; éste propina a Paula de vez en cuando castigos malintencionadamente fuertes. NOCHE DIVERTIDA, DILATADA POR LA RISA, NOCHE LARGA Y VACÍA: LAS COSAS QUE NO SIRVEN PARA NADA SON LAS QUE NOS HACEN MÁS FELICES. NOCHE REPLETA DE NADA LLENA DE RISAS, NOCHE DE ALEGRÍA SIN CAUSA, SIN FUTURO: REÍR AHORA, VIVIR YA, AHORA, DEVORAR LA NOCHE MIENTRAS DURE, ALEGRE, VACÍA, LLENA DE SÍ MISMA. PUEDE NO LLEGAR EL DÍA. Llegó la noche del día siguiente y trajo algo novedoso: Paula no trabajaba y se había decidido a salir. Otra novedad: no bajaron donde Tasio, fueron a la primera sesión de cine y después al pub de Esteban y Elena. Era pronto y aún había bastante gente. Allí estaban Ángel y Marta. En cuanto las vio aparecer, lanzó aquél la pregunta: - ¿Echamos un Trivial? Aceptaron la proposición y se enfrascaron en una larga partida. Trampa tras trampa, Paula sacó el cinco que necesitaba para llegar al queso marrón. Con acertar la respuesta, tendría el primer quesito de la noche. Ángel leyó: - ¿Qué famoso escritor, amante de España, hizo doblar las campanas? Paula se quedó pensando y Ana, que lo sabía, intentando encontrar una pista que darle. - Es premio Nobel- dijo al fin. Ángel también lo intentó: - Es guay- malpronunció el final del apellido. - Tiene dos nietas actrices- añadió Ana. Paula no supo la respuesta, a pesar de todo, y perdió el turno. Marta agitó el dado y tiró: un cuatro. Desplazó su ficha hasta la figura del fraile. - San Floro, patrón de - No lo digas- cortó Carmen a Ana. Marta volvió a tirar: de nuevo cuatro. Avanzó: cayó en la casilla naranja. - En las corridas de toros, ¿qué suerte sigue a la de varas? Ángel y Ana no pudieron reprimirse y mimaron la respuesta. - Las banderillas- contestó Marta riendo. - Lo sabía, ¿eh?- puntualizó después. Tiró por tercera vez consecutiva: seis. Avanzó hasta situarse en el queso amarillo. - ¿De quién...? Ésta no la adivinas- se interrumpió Ángel con una risilla irónica. - Bueno, tú hazla- respuso Marta, picada. - ¿Quieres preguntar de una vez?- protestó Ana, impaciente. - ¿De quién fue abuelo Alfonso XIII?- preguntó Ángel por fin, riendo. Su risa fue coreada por los demás. - Del rey- contestó Marta, medio riendo, medio llamándole tonto. Y consiguió así su primer queso. Tiró el dado, dispuesta a llevarse el segundo: cinco, casilla rosa. - ¿Cuántas veces pierde Indiana Jones el sombrero en "En busca del arca perdida"? Marta se quedó pensando. - Pues... yo qué sé. - Di algo, vamos- la apremió Ángel sonriendo. - Ninguna, ya está. - Ja, ja, ja. Ninguna, ninguna... Con dos tiradas más se situó en otro queso: el naranja. No lo consiguió esta vez: desconocía quién había ganado cierta prueba en unas Olimpiadas. No le pesó. Su fallo dio ocasión a Carmen de estrenarse esa noche. El debut fue inmejorable: seis, respuesta acertada y queso amarillo obtenido a la primera tirada. Del queso al fraile, el dado lanzado de nuevo, cuatro y otra vez al fraile, nuevo tirada y casilla del queso marrón. - ¿Qué fue para Clarín "Su único hiijo"? - Una novela- repuso Carmen con energía, suponiendo la respuesta. - Queso- anunció Ángel. La partida continuó con la misma cantidad de trampas que siempre, pero esta vez, por variar, no ganó como siempre Ana, sino Marta, que apenas podía creerlo, porque nunca la acompañaba la suerte. Entregaron el Trivial a Esteban y, junto con nuevas consumiciones, le pidieron una baraja, pensando echar un tute. - Yo no sé- dijo Carmen cuando Ángel, ya de vuelta con las cartas, lo propuso. - Un chinchón- sugirió Ana. Se pusieron a ello. No pudieron con Ángel, era su noche con los naipes: menos diez tras menos diez, fue echando a cada una de sus contrincantes; rara vez se apuntaba tantos en positivo, mientras las demás jugadoras excepcionalmente se quedaban con menos de cinco en la mano cuando se cerraba la baza. Rocío y Raquel escribían ligero, pero Luisa parecía tener problemas: el bolígrafo entre el índice y el corazón, apuntando hacia arriba, la mejilla en la mano y el codo sobre la mesa, intentaba encontrar una salida para la situación en que había puesto a sus personajes. De pronto, se le hizo la luz: la había encontrado; rápidamente se inclinó sobre el cuaderno y dejó correr el bolígrafo; estaba encantada con la solución. - Tengo que irme ya- anunció Rocío. Luisa y ella se fueron juntas. - Hasta mañana- se despidieron. El martes las esperaba una mala noticia en el colegio: se acercaban los exámenes. De allí a dos semanas empezaría el suplicio. Don Higinio y don Mariano, muy previsores, fijaron ya la fecha de los suyos, para que nadie pudiera protestar por falta de tiempo para prepararse. Ese día no se habló de otra cosa mañana y tarde. Pero Luisa, Rocío y Raquel se dieron un respiro: era su cuarta reunión y la tercera que dedicaban a escribir, sus mentes estaban demasiado ocupadas con su labor literaria para preocuparse de exámenes en aquellos momentos. Llevaban una media hora escribiendo, cuando Luisa anunció: - Ya he terminado un capítulo. Y comenzó a leerlo. A Raquel y a Rocío les pareció perfecto, salvo por una cosa: ¿de dónde habían sacado los chicos el alcohol con el que iban a quemar la cueva? - Pues del barco- aclaró la autora, muy segura de lo que había dicho. - Pero, ¿por qué iban a coger el alcohol del barco si no sabían que les iba a hacer falta?- preguntó Rocío, que a veces era muy lógica. - Por si acaso- explicó Luisa, a quien esta razón le pareció suficiente. Rocío no quedó muy convencida, pero sus dos amigas no necesitaban razones más firmes, y Luisa dejó el texto tal cual lo había escrito. Ni Rocío ni Raquel habían finalizado ningún capítulo, pero la historia de ésta avanzaba, mientras que el relato de la primera se había estancado en un punto no sin que antes de llegar a él la autora hubiera arrancado y hecho trizas algunas páginas poco satisfactorias. Rocío pensaba en aquellos momentos lo fácil que resultaba todo en los libros de Los Cinco o en las películas de detectives que ponían en la tele. Se estaba haciendo tarde para continuar, así que dieron por terminada su cuarta sesión y convocaron la quinta para la tarde siguiente. Pero al despedirse Luisa recordó que tenía un cumpleaños y no iba a poder reunirse con sus compañeras. El miércoles sólo trabajaron Raquel y Rocío, pero el jueves volvieron a estar las tres. Una bandeja con bizcochos y chocolate las esperaba cuando llegaron a casa de Raquel. - Merendad primero- les dijo su madre. |