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Cajón desastre

Rincón creativo

UNA AVENTURA DIFERENTE

UNA AVENTURA DIFERENTE

- Fanta es lo mejor para tener buena voz- (Amanda pensaba siempre en cantar)

- Si tu canario no canta, dale de beber Fanta- le contestó María José con rápido ingenio.

- Pepsicola es lo que mola- dijo Beatriz con un ligero tono chulillo.

El recreo pasó muy deprisa; pero las clases, especialmente las de la tarde, se hicieron interminables.

Rocío, Luisa y Raquel tenían un problema: el lunes empezaban los exámenes, iban a necesitar todo el tiempo para estudiar y no les quedaría mucho para escribir. Contaban con dos días antes de la gran carrera, que eso eran para ellas las temporadas de exámenes; debían aprovecharlos al máximo.

Decidieron que aquel día no perderían el tiempo en merendar y se pondrían a trabajar directamente en cuanto llegaran a casa de Raquel. Efectivamente, a las seis en punto empezaron a escribir y no interrumpieron para nada su labor, salvo para pensar qué contar o cómo hacerlo. De vez en cuando se oía una risilla de Luisa, que veía a sus personajes actuando ante sus ojos, metidos en un lío muy gracioso. Los detectives de Rocío habían encontrado una pista que parecía ser buena, pero ahora el problema para la autora era decidir si realmente los conduciría a la solución o si hacerles equivocarse otra vez y dejar que el caso se resolviera como por casualidad. Raquel lo tenía ese día más fácil: la tirana Elba, malvada y perversa, iba a viajar hasta la estrella del príncipe Tan para establecer un acuerdo con él, aunque sus verdaderos planes eran derrocarlo y coronarse princesa de X-25.

A las ocho, Luisa dejó a sus chicos escondidos en su Refugio del Árbol Grande; Rocío, a sus detectives conduciendo por una carretera solitaria camino de una casa apartada; y Raquel, a Elba y sus dos guardias de confianza repasando el plan secreto para derrocar a Tan;  y dieron por finalizdo su trabajo aquel día.

Tantas ganas tenían de ver acabadas sus historias, que el sábado se reunieron ya por la mañana para volver a reunirse por la tarde. Sus amigas estaban asombradas.

- Hija, dejadlo un rato- tuvo que decirles Mari Carmen cuando ya llevaban un par de horas de la mañana trabajando.

- Luego, luego, yo ahora no puedo- dijo Rocío, que estaba inspirada.

 Como todo tiene un límite, también su capacidad de trabajo lo tenía y estaban llegando a él, así que a mediodía, quizás algo más tarde, dejaron sus historias y bajaron al jardín para jugar un poco. Tanto se entretuvieron jugando, que sólo les quedó media hora para escribir antes de la comida.

- A las cuatro subimos- anunció Rocío al despedirse.

Eran las cuatro y media cuando Luisa y ella llamaban a la puerta de su amiga. Sin perder un minuto, se encerraron las tres en el pequeño cuarto de trabajo y pusieron bolígrafo a la obra.

Los jóvenes naúfragos de Luisa hacían planes para huir de la isla mientras esperaban el momento adecuado para abandonar el Árbol Grande; Rocío condujo a sus detectives hasta la casa apartada y, tras hacerles pasar a ella, los enfrentó a un mayordomo misterioso con cara de palo; Raquel buscaba el modo en que el príncipe Tan pudiera darse cuenta de las perversas intenciones de Elba.

Cuando se cansaron de ecribir, Mari Carmen les llevó una rica merienda y después les propuso un juego que las chicas aceptaron y en el que participó ella también. El tiempo, con tanta diversión, pasaba muy deprisa, tanto que, al terminar el juego, sólo les quedaba una hora para escribir antes de que Rocío y Luisa tuvieran que marcharse. Fue un hora poco productiva, porque Raquel no encontró el modo de poner al corriente a Tan de las intrigas de Elba; los naúfragos de Luisa no pudieron abandonar el refugio y Rocío no era capaz de concentrarse en su historia.

El domingo no hubo reunión, las chicas de sexto pasaron el día estudiando como locas para el examen del lunes.

Toda la semana iban a tenerla ocupada; algún día incluso con más de un examen. Rocío, Luisa y Raquel se sentían fastidiadas, no les apetecía interrumpir su labor literaria, con la que estaban tan entusiasmadas. Una semana les parecía mucho tiempo.

Las tres tenían la firme intención de reanudar la tarea una vez concluidos los exámenes. Pasó la semana y la siguiente trajo nuevos impedimentos para ello: trabajos de grupo, añadidos a los deberes de costumbre.

El correr de las semanas de inactividad forzosa fue haciendo disminuir la fiebre literaria de las tres chicas y aparecer nuevos entusiasmos.

Sus sesiones no volvieron a reanudarse y los naúfragos de Luisa nunca abandonaron la isla; el mayordomo no dijo todo lo que sabía a los detectives de Rocío; y Elba jamás llegó a coronarse princesa de X-25.

Mari Carmen no volvió a divertirse con las reuniones ni con las lecturas; pero aquellos días, mientras intentaban contar historias, las chicas habían disfrutado mucho, habían vivido una aventura diferente.

                                                                                                                                                                                                      FIN

17 de Enero de 1991

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UNA AVENTURA DIFERENTE

UNA AVENTURA DIFERENTE

No les quedó otro remedio que resignarse, aunque escribir era más divertido.

El martes tampoco pudieron reunirse: los deberes de Francés, Lenguaje y Naturales tuvieron la culpa.

Por fin el miércoles celebraron una nueva sesión. Después de ver "Espacio 1999", se metieron en el cuarto de estudio y pusieron manos a la obra.

- ¿Caverna se escribe con be o con uve?- preguntó Luisa.

- Con uve- respondió Raquel muy segura.

Pasó un minuto antes de una nueva interrupción.

- ¿Revólver cómo se escribe?- consultó Rocío.

- Pon pistola- sugirió Luisa, sin ganas de quebrarse la cabeza.

Rocío escribió "pistola". Dos minutos más y ahora interrumpió Raquel:

- Se me ha ocurrido un título.

- ¿Cuál?- se interesó Rocío.

- "Elba, tirana cósmica"

- Suena bien- aprobó Luisa.

Antes de que pudieran darse cuenta, se había hecho hora de terminar.

Al día siguiente quedaron fijadas las fechas de examen que faltaban por establecer. Ya sólo quedaban cuatro días antes del primer ejercicio. La tarde del jueves tuvo lugar la novena sesión de trabajo. Rocío estaba de mal humor, sus detectives no encontraban al culpable porque ella no sabía cómo hacerlo, se había embrollado tanto que ahora había perdido algunos cabos de la trama y no conseguía recuperarlos. A Luisa no se le ocurría ninguna otra aventura para sus jóvenes náufragos. Sólo Raquel parecía estar en fomra mental y escribía y escribía sin levantar la cabeza ni prestar oído a las quejas de sus compañeras. Pero de repente dejó de escribri, puso cara seria y dijo con rotundidad:

- Ya no sé qué más poner.

Esas palabras sirivieron para dar por finalizada la tarea del día.

El viernes tuvieron una clase de Lengua muy divertida: para explicarles la lección sobre el lenguaje publicitario, don Higinio estuvo haciendo eslóganes de lo más chistoso y les puso unos ejercicios consistentes en idear otros que fueran originales. Tanta gracia les hizo aquello, que dedicaron el recreo a realizarlos.

LA NOCHE NOS ATRAPA

Ana propone jugar al asesino. Marta y Paula no conocen las reglas y Ángel, Carmen y Ana intentan explicárselas interrumpiéndose unos a otros, hablando todos al mismo tiempo e incluso contradiciéndose. En medio de tal confusión, Marta trata de imponer orden.

- Bueno, que lo diga uno solo, porque así no nos aclaramos.

Ana toma la palabra.

- Se reparte una carta a cada uno. El que tenga el as de oros es el asesino; tiene que guiñar un ojo a alguien, y ése es el muerto; al qeu le toque el rey de oros es el policía y tiene que descubrir al asesino. Ah, cuando alguien vea que le guiñan el ojo tiene que decir "muerto". La carta no te la tiene que ver nadie, claro. Está muy bien, porque acaba mirándose todo el mundo con ojos de lobo y muertos de risa.

Van a probar. Marta baraja y reparte. Con mucho cuidado de no dejársela ver,  cada uno levanta su carta y la mira. Empiezan a mirarse unos a otros con fijeza y apenas pueden contener la risa. Por fin se oye:

- Muerta.

Pero han sido dos las voces. Lo que empieza ahora es el desconcierto. ¿Quién ha matado a Paula? ¿Quién es el asesino de Carmen? ¿Ha hecho trampa el asesino? ¿Una de las dos víctimas no lo es? Ángel descubre su as de oros y se encara riendo con Paula.

- Pero si yo he matado a ésta- dice señalando a Ana.

- Si Ana me ha guiñado el ojo- protesta Paula.

- Conque me lo ha guiñado a mí...- rectifica Carmen.

- Yo que voy a guiñar el ojo a nadie, lo que he hecho ha sido parpadear- aclara Ana.

- Y no has visto que te lo guiñaba yo- concluye Ángel.

Marta hubiera tenido muy difícil su labor de policía con el lío que han formado: una muerta que no sabe que lo es y dos presuntas víctimas que creen serlo de la verdadera.

Se han reído tanto con este primer intento que deciden jugar otra vez.

 

HABÍA PERDIDO LA PAZ, PERO A RATOS ENCONTRABA ALEGRÍA. NO ERA FELIZ, PERO OLVIDABA A RATOS SU TRISTEZA. NUNCA HABÍA PERDIDO SU CAPACIDAD DE REÍR. Y RIENDO RECUPERABA A VECES PARTE DE SÍ MISMA, LA PARTE DE SÍ MISMA QUE ÉL LE HABÍA ROBADO. ÉL LE HABÍA HECHO ENTRAR EN UN TORBELLINO IRREVERSIBLE: YA NUNCA PODRÍA SER LO QUE FUE, NO PODRÍA NUNCA RECUPERARSE, HABÍA CAMBIADO, ERA OTRA, ERA ABSOLUTAMENTE OPUESTA A LO QUE FUE, Y NO PODÍA ASUMIRLO. ÉL ERA UNA FRONTERA EN SÍ MISMA: ANTES DE ÉL, DESPUÉS DE ÉL. A VECES LO ODIABA POR ELLO Y SE SENTÍA INCAPAZ DE PERDONARLO.

SE SENTÍA JUZGADA, DESPRECIADA, INCOMPRENDIDA. SE REBELABA, SE ENTRISTECÍA, SE DESENTENDÍA Y SE AFERRABA AL BUEN HUMOR PARA SALVARSE DE LA DESESPERANZA Y DE LA AMARGURA. SÓLO ERA UNA PERSONA NORMAL CON LOS MISMOS SENTIMIENTOS Y DESEOS QUE LOS DEMÁS. ¿ERA ESO TAN DIFÍCIL DE ENTENDER? ¿NADIE IBA A SER CAPAZ DE DARSE CUENTA? TODA LA CULPA ERA DE ÉL. LO ODIABA, LO ODIABA, LO ODIABA.

 

UNA AVENTURA DIFERENTE

UNA AVENTURA DIFERENTE

- ¿Habéis terminado los bocadillos?- le respondió preguntando su madre.

Ante la respuesta afirmativa de su hija, Mari Carmen apareció con una caja del dulce solicitado.

- ¿Cómo vais?- se interesó por el trabajo de las chicas.

- Yo llevo tres capítulos- informó Luisa con alegría.

- Yo voy pachín-pachán- dijo Rocío haciendo girar la muñeca.

- Yo estoy terminando el segundo capítulo.

- Pues seguid, seguid. Y cuando hayáis terminado me los leéis

Cada vez que Mari Carmen las animaba de esa forma, la imaginación de las muchachas se ponía en marcha como por arte de magia, igual que si hubiera formulado un conjuro. De modo que al finalizar la jornada, Luisa casi había acabado su quinto capítulo, Rocío opinaba que ya iba bien y Raquel estaba muy contenta porque se le había ocurrido una nueva intriga para su cuento espacial.

El domingo se tomaría vacaciones y no reanudarían el trabajo hasta el lunes, después de "Islas perdidas", por supuesto. Antes de eso tenían que ir al colegio y hacer los deberes del día.

Y llegó el lunes, transcurrió la mañana, asistieron a las clases de la tarde y tuvieron que desconvocar la reunión porque les habían puesto deberes de Lenguaje, Sociales, Matemáticas y Religión, y no iba a darles tiempo para hacer otra cosa.

- Mañana nos juntamos otra vez- dijo Rocío hablando también por sus dos compañeras.

UNA AVENTURA DIFERENTE

UNA AVENTURA DIFERENTE

Después de dar buena cuenta de la merienda, le leyeron lo que llevaban escrito.

- Muy bien, están muy bien; hala, seguid, a ver si lo termináis- animó a las chicas.

El nuevo estímulo aumentó sus ímpetus y aún tuvieron fuerzas para trabajar una hora más, esta vez no leyendo, sino escribiendo lo que les dictaba la inspiración. Transcurrida esa hora, dieron por concluida la tarea del día.

El viernes fue, solía serlo, un día alegre: último día de clase, promesa cierta de fin de semana.

Para Raquel, Luisa y Rocío podía ser un fin de semana especial.

Después de pasar la mañana del sábado jugando con sus amigos del barrio a "Espacio 1999", la serie televisiva de los miércoles, utilizando estabilizadores estropeados de televisor como computadoras, y representando aventuras extraterrestres, Raquel recibió aquella tarde en casa a sus colegas literarias. Llegaron éstas a las cinco y media, dispuestas a aprovechar al máximo una tarde más larga  que las habituales.

- No se me ocurre nada- se quejó Rocío tras una media hora de trabajo.

- A mí tampoco- coincidió Raquel.

Luisa ni s¡quiera levantó la cabeza: estaba tan enfrascada escribiendo que no las había oído. Al cabo de un rato, también a ella empezó a fallarle la inspiración. Era el momento adecuado para descansar un poco y merendar.

- Mamá, ¿hay rosquillas?- preguntó Raquel.

LA NOCHE NOS ATRAPA

Los ánimos estaban exaltados, nadie tenía sueño ni ganas de irse a casa. De lo que sí las tenían era de diveritrse y meter bulla.

- Al burro, venga.

Aceptación unánime. Las cartas, de cuatro en cuatro; a la de tres se van intercambiando de una en una al compañero de la derecha. Una vez, y otra, otra más... El grito de alarma:

- ¡Burro!

Las manos amontonadas unas sobre otras y todas sobre la mesa en fracciones de segundo. La mano sobre todas, la del perdedor. Ruido y risas. Ha ganado la b.

Paula ha completado la palabra antes que los demás: ha perdido. Deber recibir la paliza. Los oros, palmada; copas, pellizco; espadas, golpe dado con el canto de la mano; bastos, puñetazo. Paula extiende la mano sobre la mesa, con el dorso hacia arriba, dispuesta a recibir la paliza con que se castiga al perdedor. Pero aún tiene la oportunidad de salvarse o, al menos, de no recibirla completa si le acompaña la suerte, si tiene habilidad o si aúna ambas.

- Espera, saca carta- le dice Ana.

Paula extrae del mazo, al azar, el cinco de oros. Ángel la devuelve a la baraja, revuelve un poco las cartas y empieza a levantarlas una a una. No van más que siete y aparece el cinco de oros, pero Paula no ha sido lo suficientemente rápida en poner su mano sobre ella y se le han adelantado los demás; debe aguantar la paliza hasta el final, quieras que no. Afortunadamente, Carmen, Ana y Marta son compasivas, todo lo contrario que Ángel; éste propina a Paula de vez en cuando castigos malintencionadamente fuertes.

NOCHE DIVERTIDA, DILATADA POR LA RISA, NOCHE LARGA Y VACÍA: LAS COSAS QUE NO SIRVEN PARA NADA SON LAS QUE NOS HACEN MÁS FELICES. NOCHE REPLETA DE NADA LLENA DE RISAS, NOCHE DE ALEGRÍA SIN CAUSA, SIN FUTURO: REÍR AHORA, VIVIR YA, AHORA, DEVORAR LA NOCHE MIENTRAS DURE, ALEGRE, VACÍA, LLENA DE SÍ MISMA. PUEDE NO LLEGAR EL DÍA.

LA NOCHE NOS ATRAPA

Llegó la noche del día siguiente y trajo algo novedoso: Paula no trabajaba y se había decidido a salir. Otra novedad: no bajaron donde Tasio, fueron a la primera sesión de cine y después al pub de Esteban y Elena. Era pronto y aún había bastante gente. Allí estaban Ángel y Marta. En cuanto las vio aparecer, lanzó aquél la pregunta:

- ¿Echamos un Trivial?

Aceptaron la proposición y se enfrascaron en una larga partida. Trampa tras trampa, Paula sacó el cinco que necesitaba para llegar al queso marrón. Con acertar la respuesta, tendría el primer quesito de la noche. Ángel leyó:

- ¿Qué famoso escritor, amante de España, hizo doblar las campanas?

Paula se quedó pensando y Ana, que lo sabía, intentando encontrar una pista que darle.

- Es premio Nobel- dijo al fin.

Ángel también lo intentó:

- Es guay- malpronunció el final del apellido.

- Tiene dos nietas actrices- añadió Ana.

Paula no supo la respuesta, a pesar de todo, y perdió el turno.

Marta agitó el dado y tiró: un cuatro. Desplazó su ficha hasta la figura del fraile.

- San Floro, patrón de

- No lo digas- cortó Carmen a Ana.

Marta volvió a tirar: de nuevo cuatro. Avanzó: cayó en la casilla naranja.

- En las corridas de toros, ¿qué suerte sigue a la de varas?

Ángel y Ana no pudieron reprimirse y mimaron la respuesta.

- Las banderillas- contestó Marta riendo.

- Lo sabía, ¿eh?- puntualizó después.

Tiró por tercera vez consecutiva: seis. Avanzó hasta situarse en el queso amarillo.

 - ¿De quién...? Ésta no la adivinas- se interrumpió Ángel con una risilla irónica.

- Bueno, tú hazla- respuso Marta, picada.

- ¿Quieres preguntar de una vez?- protestó Ana, impaciente.

- ¿De quién fue abuelo Alfonso XIII?- preguntó Ángel por fin, riendo.

 Su risa fue coreada por los demás.

- Del rey- contestó Marta, medio riendo, medio llamándole tonto.

Y consiguió así su primer queso. Tiró el dado, dispuesta a llevarse el segundo: cinco, casilla rosa.

- ¿Cuántas veces pierde Indiana Jones el sombrero en "En busca del arca perdida"?

Marta se quedó pensando.

- Pues... yo qué sé.

- Di algo, vamos- la apremió Ángel sonriendo.

- Ninguna, ya está.

- Ja, ja, ja. Ninguna, ninguna...

Con dos tiradas más se situó en otro queso: el naranja. No lo consiguió esta vez: desconocía quién había ganado cierta prueba en unas Olimpiadas. No le pesó. Su fallo dio ocasión a Carmen de estrenarse esa noche. El debut fue inmejorable: seis, respuesta acertada y queso amarillo obtenido a la primera tirada. Del queso al fraile, el dado lanzado de nuevo, cuatro y otra vez al fraile, nuevo tirada y casilla del queso marrón.

- ¿Qué fue para Clarín "Su único hiijo"?

- Una novela- repuso Carmen con energía, suponiendo la respuesta.

- Queso- anunció Ángel.

La partida continuó con la misma cantidad de trampas que siempre, pero esta vez, por variar, no ganó como siempre Ana, sino Marta, que apenas podía creerlo, porque nunca la acompañaba la suerte. Entregaron el Trivial a Esteban y, junto con nuevas consumiciones, le pidieron una baraja, pensando echar un tute.

- Yo no sé- dijo Carmen cuando Ángel, ya de vuelta con las cartas, lo propuso.

- Un chinchón- sugirió Ana.

Se pusieron a ello.

No pudieron con Ángel, era su noche con los naipes: menos diez tras menos diez, fue echando a cada una de sus contrincantes; rara vez se apuntaba tantos en positivo, mientras las demás jugadoras excepcionalmente se quedaban con menos de cinco en la mano cuando se cerraba la baza.

UNA AVENTURA DIFERENTE

UNA AVENTURA DIFERENTE

Rocío y Raquel escribían ligero, pero Luisa parecía tener problemas: el bolígrafo entre el índice y el corazón, apuntando hacia arriba, la mejilla en la mano y el codo sobre la mesa, intentaba encontrar una salida para la situación en que había puesto a sus  personajes. De pronto, se le hizo la luz: la había encontrado; rápidamente se inclinó sobre el cuaderno y dejó correr el bolígrafo; estaba encantada con la solución.

- Tengo que irme ya- anunció Rocío.

Luisa y ella se fueron juntas.

- Hasta mañana- se despidieron.

El martes las esperaba una mala noticia en el colegio: se acercaban los exámenes. De allí a dos semanas empezaría el suplicio.

Don Higinio y don Mariano, muy previsores, fijaron ya la fecha de los suyos, para que nadie pudiera protestar por falta de tiempo para prepararse.

Ese día no se habló de otra cosa mañana y tarde. Pero Luisa, Rocío y Raquel se dieron un respiro: era su cuarta reunión y la tercera que dedicaban a escribir, sus mentes estaban demasiado ocupadas con su labor literaria para preocuparse de exámenes en aquellos momentos.

Llevaban una media hora escribiendo, cuando Luisa anunció:

- Ya he terminado un capítulo.

Y comenzó a leerlo. A Raquel y a Rocío les pareció perfecto, salvo por una cosa: ¿de dónde habían sacado los chicos el alcohol con el que iban a quemar la cueva?

- Pues del barco- aclaró la autora, muy segura de lo que había dicho.

- Pero, ¿por qué iban a coger el alcohol del barco si no sabían que les iba a hacer falta?- preguntó Rocío, que a veces era muy lógica.

- Por si acaso- explicó Luisa, a quien esta razón le pareció suficiente.

Rocío no quedó muy convencida, pero sus dos amigas no necesitaban razones más firmes, y Luisa dejó el texto tal cual lo había escrito.

Ni Rocío ni Raquel habían finalizado ningún capítulo, pero la  historia de ésta avanzaba, mientras que el relato de la primera se había estancado en un punto no sin que antes de llegar a él la autora hubiera arrancado y hecho trizas algunas páginas poco satisfactorias.

Rocío pensaba en aquellos momentos lo fácil que resultaba todo en los libros de Los Cinco o en las películas de detectives que ponían en la tele.

Se estaba haciendo tarde para continuar, así que dieron por terminada su cuarta sesión y convocaron la quinta para la tarde siguiente. Pero al despedirse Luisa recordó que tenía un cumpleaños y no iba a poder reunirse con sus compañeras.

El miércoles sólo trabajaron Raquel y Rocío, pero el jueves volvieron a estar las tres. Una bandeja con bizcochos y chocolate las esperaba cuando llegaron a casa de Raquel.

- Merendad primero- les dijo su madre.

UNA AVENTURA DIFERENTE

UNA AVENTURA DIFERENTE

- Esperadme, que me voy con vosotras- pidió Raquel a Luisa, Pili, Rocío y Mari Carmen.

- ¿Vas a casa de tu abuela?- preguntó Pili.

- Sí.

Juntas las cuatro, emprendieron el camino a casa. Iban bromeando y armando bulla, pero Raquel no participaba del alborozo general: algo maquinaba su cabecita pensante.

Al día siguiente, en el recreo, propuso un plan a sus amigas:

- Podíamos escribir cuentos.

La idea no fue bien acogida por la mayoría, sólo Luisa y Rocío se mostraron interesadas. Las tres quedaron aquella misma tarde en casa de Raquel para empezar sus historias.

A la hora de la merienda se reunieron allí y mientras comían sus bocadillos ideaban temas y argumentos. Para cuando llegó la madre de Raquel con tazas de humeante chocolate, Luisa ya había decidido sobre qué iría su cuento: contaría la aventura de unos chicos que van en un barco y naufragan.

- Yo quiero hacer algo del espacio- dijo Raquel, que siempre estaba en la luna y se negaba a bajar de allí.

Sólo faltaba por elegir tema Rocío; no encontraba nada de su agrado, nada sobre lo cual le apeteciera escribir.

Merendando y discutiendo se les pasó la tarde.

- Mañana, a la misma hora- citó Raquel.

Luisa y ella pasaron la noche dándole vueltas a sus respectivos argumentos; Rocío, intentando encontrar algo interesante que escribir. Al día siguiente, en el recreo, volvieron a reunirse las tres para hablar de su proyecto, porque estaban tan ilusionadas que no podían pensar en otra cosa.

Rocío hizo al fin el esperado anuncio:

- Voy a escribir una historia del Oeste, o una de detectives.

Por la tarde, en cuanto salieron del colegio, fueron a casa de Rocío para que dejara la cartera y recogiera su merienda y el cuaderno donde iba a escribir su historia; pasaron después por casa de Luisa, con el mismo fin, y de allí se marcharon a la de Raquel, para merendar juntas y ponerse en seguida manos a la obra.

Antes de empezar a comer, se enfrentaron durante un rato a las hojas en blanco, sin saber muy bien cómo empezar sus respectivos relatos. Luisa fue la primera en escribir algo. Como si eso les hubiera servido de inspiración, Rocío y Raquel se lanzaron bolígrafo en m ano sobre sus cuadernos y comenzaron sus cuentos. Al cabo de media hora habían logrado llenar una página cada una.

El esfuerzo les había abierto el apetito.

- ¿Merendamos?- propuso Rocío, muerta de hambre.

Dicho y hecho. Después de los bocadillos, la madre de Raquel les llevó colacao y rosquillas. Repuestas ya sus fuerzas, se aprestaron a leer en voz alta lo que habían escrito.

UNA AVENTURA DIFERENTE

UNA AVENTURA DIFERENTE

Nadie dijo una palabra. La sorpresa las dejó mudas. Beatriz había cometido una infracción y, según las normas de clase, elaboradas por las propias alumnas, el castigo que le correspondía era limpiar la pizarra durante tres días, pero don Alejandro, sin tener las normas en cuenta, le había impuesto un castigo diferente: quedarse sin recreo y escribir quinientas veces "No debo tirar papeles al suelo".

Beatriz, que prefería la obligación de mantener limpio el encerado a perder un solo recreo, informó al maestro de su error, con muy buenos modales, a pesar de su impulsivo carácter, y secundada por sus compañeras:

- Don Alejandro, el catigo es limpiar tres días la pizarra.

La reacción de don Alejandro fue tan desproporcionada que no supieron de momento qué hacer: se sintió ofendido y las acusó de faltarle al respeto, se alborotó mucho y decidió dejar sin recreo a toda la clase.

De nada sirvieron las protestas. Pero las chicas de sexto tenían un arma de la que valerse: su tutor. Seguro que si le explicaban bien lo ocurrido se pondría de su parte.

Ese día se quedaron, efectivamente, sin recreo. Pero a última hora tenían clase con don Higinio, el tutor. No le dieron tiempo ni de abrir la carpeta que traía. En cuanto entró y saludó, la delegada, hablando por todas, le contó con detalle lo que había pasado. Don Higinio se llevó pausadamente el índice a la punta de la nariz, respiró hondo, dejó pasar unos segundos y respondió:

- Yo hablaré con don Alejandro.

Con tan lacónica frase venía a darles la razón. Resuelto ya el problema, al menos en parte, dio comienzo la clase de Lengua. Para ese día debían haber llevado hecha una redacción de tema libre. podía ser un cuento breve, una reflexión personal sobre algún asunto interesante, todo valía si había sido escrito con serias intenciones de hacerlo bien y no simplemente para quitarse de en medio los deberes.

Don Higinio mandó a Belén leer su trabajo, y después a Mari Carmen. El resto de la clase pasó con la discusión de las alumnas sobre ambas redacciones; don Higinio se reservó el papel de moderador. Antes de acabar, recogió los demás escritos para corregirlos y comentarlos al día siguiente.

Por fin llegó la hora de salida.

EXCURSIÓN EN BICICLETA (3 Y ÚLTIMO)

EXCURSIÓN EN BICICLETA (3 Y ÚLTIMO)

DESCUBIERTAS

Si el de los gatos  había sido un problema individual para cinco de las diez exploradoras, la caída de María José en las zarzas iba a tener repercusiones colectivas y muy graves.

María se asustó al ver las manos arañadas de su hija y, naturalmente, le preguntó cómo se había hecho aquello. María José, sin pensarlo, contestó riendo:

- Salté una roca, y como no iba mirando, ¡bum!, de cabeza a unas zarzas.

- ¿Y a qué tenías tú que saltar una roca, vamos a ver? ¡Que no tenéis cabeza!- contraatacó su madre.

María José esta vez se quedó sin saber qué contestar. Como no dijo nada, su madre sintió mayor curiosidad y, preocupada, decidió sonsacarle a su irreflexiva hija toda la verdad. Lo consiguió: María José no sabía mentir, y tampoco se le daba bien ocultar la verdad a su madre cuando ésta decidía saberla.

María se enfadó mucho con su hija y le prohibió volver a la búsqueda de cuevas, tanto porque veía en ello más peligro del que en realidad podía haber, como en castigo por haber intentado mentirle.

- Pero si no te he mentido- protestó María José.

- No querías decirme la verdad, que es lo mismo- respondió su madre.

Por María se enteró Juanita, la madre de Inma, de la aventura clandestina que habían intentado las muchachas. De boca en boca, la noticia fue llegando a oídos de todas las madres. El domingo por la tarde ya lo sabían todas ellas. Las reacciones fueron variadas. Hubo quien tomó medidas drásticas y prohibió term¡nantemente las excursiones en bicicleta; las menos, no pusieron trabas a las exploraciones; y una aplastante mayoría, tras superar el enfado ocasionado por la mentira de las chicas, vetó la búsqueda de cuevas, pero no las excursiones en bicicleta.

En una cosa coincidieron todas las madres: sus hijas merecían un castigo por embusteras. Y lo cierto es que ninguna escapó sin él.

Alguna mente obstinada propuso en el recreo del lunes continuar a escondidas sus exploraciones, pero ¿cómo iban a conseguir mantener el secreto otra vez?

Ya era imposible.

FIN

28-Octubre-1990 

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EXCURSIÓN EN BICICLETA (2)

EXCURSIÓN EN BICICLETA (2)

LOS GATOS

 

- ¿Qué es eso?

La pregunta se repitió en las casas de cinco chicas de sexto cuando sus madres las vieron llegar con un bulto en las manos o escondido entre las ropas.

La madre de Rocío no puso ningún impedimento para que su hija se quedara el gato, pero sí algunas condiciones: sería Rocío exclusivamente quien se ocupara de él, y debería cuidar de que no pasara a la casa.

Paquita, la madre de Ana, reaccionó aún mejor: cuando su hija le enseñó la cría, le preparó un canastillo y la dejaron allí porque ya era la  hora de comer. Pero en cuanto comieron y recogieron la cocina, limpiaron al gatito y arreglaron bien el canasto; Ana calentó leche y se la dieron a beber al animalillo, que ya no parecía asustado.

Si Paula y Paquita habían aceptado la presencia de los gatos, Pepa, la madre de Luisa, no tuvo que enfrentarse al problema de hacerlo o no hacerlo porque su hija le comunicó que aquella misma tarde le llevaría la cría a Tere, pero, a buen seguro, no le hubiera importado quedarse el animal, porque le gustaba y tenerlo en el enorme patio no le hubiera causado problemas ni dado un gran trabajo. De todas formas, Luisa había pensado regalárselo a su amiga y a ella le gustaba que su hija tuviera esos detalles.

Esperanza vio algo raro en la actitud de su alocada Amanda y pensó: "¿Qué estará tramando?". Una rapidísima ojeada le permitió descubrir bajo el jersey, que su hija traía hecho un lío entre los brazos, un bulto bullente.

-¿Qué es eso?- preguntó.

Cuando Amanda iba a negar que llevara algo, un maullido le cortó en seco la palabra y la inventiva.

Su madre no se enfadó, estaba acostumbrada a los disparates que se le ocurrían a su hija menor, pero se negó rotundamente a quedarse con el gato, porque no le gustaba tener animales dentro de casa.

- Llévaselo a tu abuela, y que lo tenga en el patio. Y si no lo quiere, que se lo dé a tu tía Rufina, o a alguna vecina.

Amanda no djo nada, pero empezó a pensar si habría alguna forma de quedarse con el animal sin que su madre se enterara. Tuvo que desistir de la idea porque era imposible llevarla a cabo.

La reacción de Asu no difirió de la que había tenido Esperanza. Cuando Pili apareció con el gatito, convencida de que su madre iba a permitirle tenerlo, ésta se negó a conceder tal permiso.

- Dáselo a tu abuela.

Pili no lo pensó dos veces y siguió de inmediato el consejo de su madre. Pidió a su abuela que le dejara tenerlo allí.

- Yo le cuido, abuela, sólo quiero que me dejes tenerlo aquí.

 Su abuela no supo negarse a tan razonable argumento.

EXCURSIÓN EN BICICLETA

EXCURSIÓN EN BICICLETA

EXCURSIÓN EN BICICLETA 

Las chicas de sexto no podían parar quietas mucho tiempo.

- ¿Y si nos vamos a buscar cuevas?

La propuesta fue aceptada por unanimidad: ni una objeción, ni una protesta. Absolutamente todas estuvieron de acuerdo.

Ahora venía la parte más difícil del asunto: ¿dónde buscarlas?

- Por la lancha la Rastraera.

- Por Santa Isabel.

- Pol La Colmena.

Transcurrió un recreo, transcurrió otro, y en el curso del tercero, tomaron por fin una decisión.

- Pues por La Colmena- concluyó Amanda tras contar los votos.

La razón para ir allí no podía ser más convincente: era la zona más alejada y desconocida.

Quedaron para el sábado por la mañana. Hasta entonces tenían tiempo sobrado de hacerse con todo lo que necesitaban: linternas, cuerdas, tizas, cerillas, navajas...

Naturalmente, debían conseguirlo sin que nadie se enterara; o lo mantenían en secreto o su estupendo plan se vendría abajo.

- Si mi madre se entera, no me deja ir.

Y lo mismo que a Tere les ocurría a las demás.

Oficialmente, su aventura sería una excursión en bicicleta.

 

LA EXPLORACIÓN

El sábado amaneció soleado y tibio. A las diez y media de la mañana, hora de la cita, sólo diez de las diecisiete exursionistas se habían presentado.

Esperaron veinte minutos y no apareció nadie más.

- Bueno, vámonos- dijo Mari Mar, un poco enfadada por la ausencia inexplicada de las otras siete compañeras.

Las diez presentes se pusieron en marcha, tenían un largo camino por delante.

Al cabo de media hora de enérgico pedaleo, llegaron a un campo lleno de lanchas, matojos y árboles. Pero no adonde habían decidido ir, ya que cambiaron de idea durante la marcha y tomaron el camino de El Tiemblo; según Inma, por allí tenían más posibilidades de encontrar lo que buscaban.

El ejercicio les había abierto el apetito, así que, antes de lanzarse a explorar, se sentaron en una lancha y repusieron fuerzas devorando fenomenales bocadillos con rellenos variados: fiambre, queso, embutido, tortilla, y hasta algún sabroso filete.

- Tenemos que esconder las bicicletas- se le ocurrió de pronto a María José.

No habían pensado en eso. Afortunadamente, había cerca unas chaparras lo suficientemente grandes y frondosas como para que pudieran ocultar allí las bicis, y eso hicieron.

Cargadas con las linternas y demás útiles indispensables, emprendieron la exploración del terreno.

- Es mejor que nos dividamos en dos grupos- propuso Rocío.

- Y si unas encuentran algo, ¿cómo avisan a las otras?- objetó Raquel.

Amanda ofreció una posible solución: reunirse en las chaparras de allí a una hora y que cada grupo diera cuenta de sus hallazgos.

- Pero se va a hacer tarde luego para volver a casa, no nos va a dar tiempo a explorar ninguna cueva.

- Bueno, pues volvemos otro día. Sabiendo ya dónde está, vamos derechas a ella y no tenemos que perder tiempo en buscar, como hoy.

La solución propuesta por Raquel fue aceptada y, ya todo resuelto, formaron los grupos. Amanda, Inma, Raquel, Mari Mar y Rocío se ocuparían del este; de la zona oeste se encargarían María José, Pili, Ana, Mari Carmen y Luisa.

Cuando por fin iniciaron la búsqueda, Rocío empezó a lamentarse de no haber podido conseguir unos transmisores. Tan pesada se puso, que agotó la paciencia de Inma, y a punto estuvieron de tener una gran discusión si Amanda, Mari Mar y Raquel no hubieran intervenido para pacificarlas.

- Si nadie tiene la culpa. Ninguna teníamos, pues ya está, para qué darle vueltas.

Con esas palabras, Mari Mar zanjó el incidente.

Recorrieron cuidadosamente su zona. En varias ocasiones creyeron encontrar algo; la primera fue cuando Rocío descubrió un agujero bastante grande al pie de una roca, oculto en parte por unos matojos; al verlo, dio la voz de alarme y sus cuatro compañeras acudieron a toda prisa. Pero lo que parecía ser entrada de una cueva resultó no ser más que un hueco entre la base de la roca y el suelo: nada de corredores subterráneos ni túneles secretos.

La misma decepción se llevaron al explorar otras dos aparentes entradas descubiertas por Raquel y Amanda, respectivamente.

En las tres ocasiones ocurrió lo mismo: Inma puso más empeño que ninguna en seguir buscando, contra toda evidencia.

La hora de reunirse con el otro grupo se acercaba, no cabía error, pues habían sincronizado sus relojes: tenían que emprender ya el regreso a las chaparras. Iban impacientes, tenían la esperanza de que María José, Mari Carmen, Ana, Luisa y Pili hubieran tenido mejor suerte.

Al separarse, éstas habían iniciado su búsqueda con mal pie. Pili quería hacer las cosas de una manera; María José, de otra; y Mari Carmen, Luisa y Ana tenían una opinión diferente. Les costó diez minutos ponerse de acuerdo para empezar de abajo hacia arriba, en lugar de  hacerlo de arriba a abajo o de izquierda a derecha. No habían recorrido cincuenta metros cuando un pasadizo entre dos rocas atrajo su atención. Pili se lanzó sin pensarlo entre los peñascos y lo único que pudo anunciar a quienes la seguían fue un desalentado:

- Aquí no hay nada.

Fueron abandonando el estrecho pasaje y se alejaron de allí, siempre hacia arriba.

María José estaba absolutamente convencida de que en esa zona se encontraba la salida de un túnel cuyo punto de partida era el castillo del pueblo. La información que tenía Ana sobre el asunto contradecía la creencia de su compañera, y así se lo hizo saber.

- No, hay uno que va hasta el cerro, hasta la cueva de la Moncloa. Y nadie ha podido salir. Los que han entrado por allí no han vuelto.

- Pero si eso está muy lejos- objetó Mari Carmen.

Luisa, conciliadora, resolvió la situación.

- Pues habrá dos. Y seguro que más; los castillos estaban llenos de pasajes secretos. Por aquí habrá uno y  otro donde dice Ana.

Les parecía mentira no haber dado antes con una explicación tan sencilla.

Animadas por la novedad, reemprendieron la exploración con mucho más ahínco y cuidado: en cualquier parte, cubierta de tierra, de matojos o por una piedra, podía estar la trampilla escondida que buscaban, o bien podía tratarse de una puerta como la entrada de una mina, pero oculta por algo, o también de una cueva al final del túnel, con la boca tapada por una roca. La imaginación les sugería muchas cosas. Y la posibildad de llegar a una dependencia del castillo a través de un largo pasadizo secreto avivaba sus ímpetus.

- Aquí hay tierra removida- anunció Luisa muy emocionada.

Las demás corrieron hacia allí y se precipitaron sobre el hallazgo.

- Alguien puede haber encontrado el túnel antes que nosotras- sugirió Mari Carmen.

María José y Pili, entre tanto, habían tomado la parte activa y escarbaban con sendos palos. Siguieron por espacio de un minuto y, ¿qué encontraron?: nada de trampillas, ni túneles misteriosos, sólo una quijada, una enorme quijada de mula.

En lugar de desanimarse, empezaron a reírse con ganas. Se habían equivocado esta vez, pero eso no significaba que fuera a ocurrir siempre lo mismo. Seguro que la próxima pista las conduciría a algo bueno. Se arriesgarían con gusto a encontrar otra quijada.

Reemprendieron su hasta ahora infructuosa búsqueda con el ánimo bien dispuesto. Cuando llegó la hora de regresar, la buena disposicíón se había convertido en desaliento.

- A lo mejor las otras han encontrado algo- intentó animar María José.

Cada grupo esperaba del otro que hubiera conseguido lo que él no había podido lograr.

Cuando se reunieron pudieron verse uno a otro caras sonrientes y ansiosas.

- ¿Habéis visto algo?

Unas y otras esperaban respuesta afirmativa, pero en su lugar escucharon una negación apagada.

- No, ¿y vosotras?

De nuevo la sonrisa de la esperanza iluminó sus caritas manchadas.

- Tampoco.

Ya sí que no cabía ilusión. Allí no había una sola cueva, y si la había, no habían sabido encontrarla.

Era tarde y no tenían tiempo de quedarse allí lamentándolo. Subieron en sus bicicletas y pedalearon camino de casa. María José fue la primera en llegar, después Mari Mar, a continuación Ana, luego Amanda, siguió Inma, Raquel tras ella, y por último Rocío, Mari Carmen, Luisa y Pili, que vivían en el mismo barrio.

Una buena comida las esperaba en la mesa.

 

 

LO INTENTAREMOS DE NUEVO

Un solo fracaso no era bastante para desanimar a unas chicas tan sedientas de aventura.

Sin contar con las siete desertoras, a pesar de que cada una había dado su razonable explicación al hecho, las diez exploradoras quedaron, procurando guardar el secreto, en verse el sábado siguiente y dedicarlo a la inspección minuciosa de Santa Isabel, terreno que ya conocían un poco porque allí intentaron una vez construir un globo.

A las diez y media en punto, relucían en La Solana diez bicicletas y diez sonrisas. Sin demora, partieron camino del cercano territorio inexplorado dispuestas a no dejar ni un centímetro de él sin escudriñar.

Lo primero que hicieron al llegar fue buscar un lugar donde esconder las bicicletas. No les resultó difícil dar con uno. Después de buscar un poco, encontraron una especie de semicírculo entre dos rocas, al cual se accedía por una boca lo bastante ancha como para permitir el paso simultáneo de dos personas. Había sitio para las diez bicis y allí las dejaron aparcadas en su posición natural, por razón de espacio, y no tiradas, como solía hacer más de una. Disimularon un poco la entrada con unas retamas que arrancaron del interior del refugio y se organizaron para llevar a cabo su segunda exploración. Formaron los mismos grupos que en la primera y se repartieron el terreno. Éste era menos accidentado que el de la expedición anterior, pero las roquedas eran mayores y más intrincadas, el panorama era prometedor. El grupo de Rocío eligió la parte alta y el de Pili, la baja. Empezaron a buscar muy afanadas. Cuando llevaban unos minutos en ello, Inma, muy excitada, comenzó a gritar a sus compañeras, que se  habían dispersado para cubrir más zona.

- ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Mirad!

Llegaron corriendo, una tras otra, y fueron subiendo apresuradamente a la roca donde estaba Inma, la cual formaba un círculo con otros dos peñascos; entre ellos quedaba un espacio interior no muy grande, pero lo más interesante era un amplio hueco bajo el peñasco norte. La única manera de bajar consistía en deslizarse por la roca en la que estaban y saltar cuando la inclinación de la misma quedaba cortada, a una altura considerable del suelo. Era peligroso, pero ni siquiera lo pensaron. Tampoco la subida resultaría inofensiva: tendrían que escalar la accidentada pared de la otra roca. Sin embargo, eso no era obstáculo para ellas. Por turno riguroso fueron deslizándose y saltando de una en una; ya abajo, Inma fue la primera en introducirse por el hueco, puesto que ella lo había encontrado. Tras ella pasó Raquel, que tenía costumbre de hacer tales cosas porque a menudo las practicaba por su cuenta en los alrededores de su casa. Enfocaron sus linternas hacia el interior y unos gemidos respondieron a la luz.

- ¿Quién está ahí?

- ¿Qué hay? ¿Qué hay?- gritaban desde afuera.

Inma y Raquel salieron con la respuesta en las manos: unos gatitos de pocos días.

- Hay otro dentro. Voy a por él.

Dicho y hecho, Inma sacó la última cría.

- ¿Hay alguna cueva?

- No, no hay nada.

No podían subir a los animales,  pero había huecos entre las rocas a través de los cuales podían sacarlos. Rocío, Inma y Raquel escalaron y salieron al exterior. Desde dentro, a través de uno de esos huecos, Mari Mar y Amanda fueron pasándoles las crías. Después escalaron ellas y se reunieron con sus compañeras. Cada miembro del grupo se hizo cargo de un gatito. Con la nueva impedimenta, reanudaron la exploración, una exploración que llegó a su fin sin resultados, o al menos, sin los resultados que ellas esperaban. Acuciadas por el reloj, bajaron hasta el punto de reunión. Pili, María José, Ana y Luisa no habían llegado aún.

Éstas habían comenzado su búsqueda tras una previa distribución del terreno. Se dispersaron, al igual que habían hecho las del otro grupo, y empezaron a escalar, saltar, arrastrarse... Todo iba bien hasta que María José saltó tras una gran piedra sin mirar y aterrizó en unas zarzas. No gritó. Intentó desenredarse ella sola, pero tuvo que desistir y gritar pidiendo ayuda. A los gritos, acudieron las demás, asustadas. Con mucha maña, consiguieron sacarla de allí; tuvieron que quitarle espinas de todas partes, pero, afortunadamente, pocas le habían dañado de verdad: la ropa gruesa la había protegido y sólo tenía pinchazos en las manos y en los antebrazos, porque llevaba recogidas las mangas hasta el codo. Le limpiaron las heridas con un pañuelo y el agua de una de las cantimploras, que Pili llevaba colgada al hombro. Mari Carmen quiso vendarle los arañazos cubriéndoselos con los pañuelos, pero María José prefirió dejarlos al aire porque estaba convencida de que era mejor. En lugar de quejarse o arredrarse, ahora que ya había pasado todo les contó a las demás lo ocurrido riendo a carcajada limpia y arrancándoles risas a ellas; cuando pudieron dejar de reír, reemprendieron la exploración, pero con tan infructuosos resultados como el otro grupo, con el cual se reunieron a la una en punto.

Tras comunicarse recíprocamente el fracaso de sus inspecciones, llegó el momento de contar las  peripecias notables de sus andaduras.

Los gatitos suponían un problema: ¿quién iba a quedárselos? La solución fue inmediata: Ana se llevaría uno; Rocío, otro; Luisa se hizo cargo de un tercero, para regalárselo a Tere, y los dos últimos se los quedarían Amanda y Pili.

Tanto caminar, saltar y escalar, sin contar el pedaleo de ida, les había abierto el apetito, así que, sin perder un minuto, recogieron de las bolsas sus bocadillos y la emprendieron a mordiscos con ellos, unos mordiscos tan colosales que cualquiera hubiera creído a los bocatas sus enemigos mortales.

A la vista de su segundo fracaso, tomaron la decisión de reunirse un sábado más y recorrer la zona de la Rastraera.

Pedalearon juntas hasta La Solana y allí se despidieron.

 

 

Será divertido volar en globo

HABRÍA SIDO DIVERTIDO VOLAR EN GLOBO

Diecisiete caras compungidas se reunieron en un rincón del patio del colegio una soleada mañana de primavera, a la  hora alegre del recreo.

Ninguna de sus diecisiete parlanchinas bocas parecía querer ser la primera en abrirse.

Con una tarde de investigación desesperada y una noche de triste meditación por medio, la desagradable realidad había terminado por imponerse.

Por fin, Amanda rompió el pesado silencio:

- No encontré nada.

La frase se repitió unas cuantas veces.

Finalmente, Pili pronunció lo que todas pensaban y no querían decir: 

- Yo creo que Tomás tenía razón.

Se dejaron oír voces airadas de protesta, pero se notaba demasiado que trataban de convencerse a sí mismas. Eran sólo un resto de rebeldía ante el fracaso de su aventura.

Esa tarde hubo chicas que, contra toda lógica, siguieron intentando construir el globo, pero ya la desilusión iba ganando terreno a la rabia del fracaso y una de estas chicas fue la que, en el recreo del día siguiente, melancólica bajo un sol radiante de primavera, suspiró:

- ¡Habría sido divertido volar en globo!

FIN

11-Julio-1990

 

Será divertido volar en globo

Pero ninguna estaba dispuesta a rendirse, eso no. Lo intentarían de nuevo aquella tarde. Y aquella tarde corrieron la misma suerte: lo que entendían no les servía, y lo que no entendían no les servía tampoco porque, aunque les sirviera, no eran capaces de descifrarlo. Sólo les quedaba un recurso: pedir ayuda. Tal vez el hermano de Mari Mar quisiera explicarles todo eso tan difícil que no lograban comprender aun cuando lo estudiaban afanosamente. Se aferraron con todas sus fuerzas a aquella última posibilidad. Cuando salieron del colegio por la tarde, Mari Mar corrió a casa y fue directamente al dormitorio de su hermano, sin pasar por la sala, donde estaba su madre, a la que saludó al paso con un ruidoso "Mamá, ya he venido", ni por su propia habitación.

Cuando Tomás escuchó lo que su hermana pequeña tenía que decirle, soltó una carcajada.

- Estás como una cabra, niña. Sois tontas, tus amigas y tú.

- ¿Por qué?- preguntó Mari Mar airadamente.

- Pues porque no podéis hacer un globo así como así.

Después de oír la explicación tan razonable que Tomás añadió a esa negativa, Mari Mar fue incapaz de reaccionar ante la estrepitosa venida abajo de  su sueño aventurero.

Durante toda la noche estuvo pensando, intentando convencerse de que su hermano estaba equivocado, pero al fin hubo de reconocer que las equivocadas eran ellas. Ahora el problema era cómo se lo diría a sus amigas. Seguramente iban a recibir la noticia tan mal como ella misma la había recibido, y por eso le daba pena tener que comunicársela. Cuando estuvo al día siguiente ante ellas, repitió punto por punto la explicación de Tomás. Todas sin excepción se negaron a admitirla.

- No puede ser- decían unas.

- Tu hermano no sabe nada- se oía decir a otras.

Pero en el fondo habían comprendido que Tomás tenía razón. Ninguna quería resignarse a admitir la verdad y se pusieron todas de acuerdo, incluso Mari Mar, contagiada por la terquedad de las demás, para seguir buscando una solución aquella tarde.

Será divertido volar en globo

DIFICULTADES

En la segunda tarde de trabajo apenas cundió la labor.

- Mi madre me ha dicho que las cosas primero se hilvanan y luego se cosen a máquina- anunció Gemma.

Y aquí surgió la primera dificultad, porque hilvanar no sería muy difícil, pero ninguna sabía coser a máquina y no creían a sus madres muy dispuestas a perder su tiempo en hacerles ese trabajo.

- Mi madre sí- aseguró Ana.

Pero no resultó cierta su contundente afirmación y se encontraron al tercer día con varias piezas mal hilvanadas y cinco tablas, porque tampoco Inma, Rocío y Pili habían avanzado nada.

La madre de Ana estaba sobrada de buena voluntad, pero falta de tiempo por el momento, y si querían que lo cosiera, tendrían que esperar a que pudiera encontrar un hueco entre sus ocupaciones.

Por su parte, las carpinteras habían calculado mal la longitud de los clavos y no habían podido hacer nada. Lo malo era que ahora, ya provistas de otros suficientemente largos, no sabían muy bien cómo hacerlo.

Y eso no era todo. Alguien había planteado un problema mucho más difícil de resolver: ¿cómo dirigirían el globo? ¿cómo harían para que bajara?

Haciendo caso omiso a estas sensatas objeciones, siguieron trabajando aquel tercer día hasta la caída del sol. Pero una vocecilla resonaba en sus conciencias, una vocecilla que invadió sus sueños esa noche: ¿Cómo dirigir el globo? ¿cómo  hacerlo bajar?

La despierta mente de Mari Mar le inspiró una idea: consultaría los libros de su hermano mayor, que ya estaba en el instituto; seguro que traían algo referente a globos, aviones y cosas así.

Al día siguiente propuso a sus amigas buscar información en libros adecuados. Se aceptó la propuesta por unanimidad. Esa tarde no se reunieron, sino que la dedicaron a la labor investigadora.

Rocío, Raquel y Luisa no habían mirado nunca los libros de texto con tanto interés y entusiasmo como miraban ahora los que tenían ante sí y cuyos títulos eran tan prometedores e incitantes como "Cinco semanas en globo"", "Globos aeróstaticos: la aventura de volar", "Deportes aéreos", y alguno más con palabras parecidas impresas en la cubierta.

- ¡Bah! Aquí no dice nada- exclamó Luisa soltando desdeñosamente "Deportes aéreos".

Rocío intentaba descifrar los párrafos oscuros de "Globos aeróstaticos: la aventura de volar", con infructuosos resultados.

Raquel, leyendo a Julio Verne, casi se había olvidado del motivo inmediato y práctico por el que lo leía.

Finalmente, toda su aplicación de aquella tarde resultó inútil.

Se unieron todas desoladas al día siguiente en el recreo: nadie había encontrado nada. 

Será divertido volar en globo

Belén, muy previsora, había ido dibujando sobre un papel la disposición de las telas, de modo que pudieron recogerlas sin ningún problema y devolverlas a sus bolsas. Doblaron con mucho cuidado las tres piezas provisionalmente unidas y las guardaron aparte.

- Podemos llevarlo todo a mi casa, que está muy cerca- propuso Rocío.

A todas les pareció una buena idea.

- Pero, ¿tu madre?- objetó la prudente Luisa.

- Bah, no dice nada.

Pero no era eso lo que Luisa temía.

- Se va a enterar- aclaró-

- No. La he dicho que estamos preparando un disfraz de piratas y se lo ha creído.

Todas aplaudieron el ingenio de Rocío.

El día había sido provechoso por lo que se refiere al globo, pero no podían decir lo mismo si pensaban en el cajón: Pili, Inma y Rocío no habían conseguido montar sobre la base ni un solo lateral, aquello era más difícil de lo que creían. Heridas en su amor propio, se prometieron a sí mismas que lo conseguirían o morirían en el empeño.

Como Rocío había asegurado, su madre no dijo nada, pero su cara empalideció un poco cuando vio aparecer aquel ejército armado con bolsas y tablas. Se sintió más tranquila cuando su hija le explicó:

 - Mamá, vamos a dejar esto en el patio. Luego me voy a jugar.

El terror indefinido que se había apoderado de mamá, desapareció al oír esto.

LA NOCHE NOS ATRAPA

Entraron en el pub y fueron recibidas con carcajadas: era evidente que, al hacer su aparcición, estaban en boca de los presentes, es decir, de Esteban, Elena, Carlos, Pepe, Pedro, Paco y Luis. Ellas se dieron perfecta cuenta y, con excelente humor, corearon las risas de los demás.

- ¡Qué estaríais diciendo de nosotras!- se preguntó Ana con un tonillo a la vez irónico e in dulgente.

- Nos estabais poniendo verdes, seguro- aventuró Carmen con más energía y el mismo buen humor.

Tenían razón y se la dieron: hablaban de ellas. Pero se habían equivocado en una cosa: no era para mal.

Esteban preguntó por preguntar:

- ¿Un té y un café?

Asintieron ellas. Al momento, tuvieron sobre la barra sus infusiones. Ana se regoció con su café: había en él mucha crema; con la cucharilla empezó a comérsela, como solía hacer. Y comenzaron a burlarse todos de su forma de tomar el café, sosteniendo el platillo con la mano izquierda bajo la taza, y asiendo ésta con la derecha.

- Es como un rito- bromeaba Carlos.

- Es porque gotea- ofrecía Ana explicación práctica.

Cuando ésta había terminado ya su infusión y Carmen aún no había tomado un solo sorbo de la suya, llegó Tasio.

- ¿Cómo tan tarde?- se interesó Carmen.

- Ya ves, alhaja, no he podido subir antes.

Ni dio  más explicaciones ni nadie se las pidió. Esteban le sirvió su whisky con agua, sin darle tiempo a pedirlo.

Por fin, Carmen se decidió a empezar su té.

Eran casi las tres de la madrugada cuando Pepe, que se marchaba a casa, se ofreció para llevarlas a las suyas. Carlos, Ana, Carmen y él se despidieron de los demás, que ya se habían preparado para echar un partida de mus. Caminaron un trecho hasta llegar adonde Pepe había aparcado. Carlos y Carmen se disputaron el asiento de delante y fue él quien salió finalmente vencedor, de forma que las dos chicas subieron detrás. Carretera adelante, giro a la izquierda y ya estaba Carlos a la puerta de su casa. Quedó libre el asiento delantero, pero no lo ocupó Carmen: Ana, cediendo a un impulso irresistible que la asaltaba siempre en el coche de Pepe en semejantes circunstancias, saltó a él desde atrás. Y estuvo a punto de romper algo.

- He pisado algo.

- Un espejo de ésos con dibujo que me regalaron por mi cumpleaños.

- ¡¿Y lo llevas ahí?! ¡¿Todavía?!

El asombro respondía a un doble motivo: el lugar donde Pepe había dejado el espejo y el mucho tiempo que hacía de ello, puesto que su cumpleaños había sido en febrero y estaban en julio. Él era así de descuidado, como Ana y Carmen habían podido comprobar por otros muchos detalles anteriores, de forma que ambas terminaron por asombrarse de su propia extrañeza. De todos modos, Pepe no se escapó sin una buena reprimenda de la que hizo caso omiso: cuanto le dijeron le entró por un oído y le salió por otro.

 

EL AMIGO COMÚN. SIEMPRE INTENTADO HACERLE REÍR CUANDO ELLA ESTABA AL BORDE DE LAS LÁGRIMAS, AL LÍMITE DE SUS FUERZAS. CONSIGUIÉNDOLO SIEMPRE, CASI SIEMPRE LOGRANDO ARRANCARLE FINALMENTE UNA SONRISA, UNA RISA LEVE Y AGRADECIDA.

Será divertido volar en globo

La naturaleza de la cosa en cuestión no fue desvelada, pero el aburrimiento de las madres pudo más que su prudencia o su curiosidad y terminaron por abstecer a sus hijas de aquello que tan anhelantes pedían, sin insistir mucho en sus justas indagaciones.

El resultado fue que diecisiete chicas aventureras de sexto curso pudieron reunirse al día siguiente con la alegría de haber obtenido lo que necesitaban para su aventura sin verse obligadas a revelar el secreto tan celosamente guardado.

Quien más, quien menos, podía aportar alguna sábana vieja, alguna cortina inservible condenada para trapos... Respecto a la madera, decidieron que lo mejor era comprarla toda y  no andar haciendo empalmes. Rocío, Tere, Raquel y Luisa irían por ella después del colegio y la llevarían a Santa Isabel.

Y así fue: aquella tarde se reunieron todas allí. Presentó cada una lo que había conseguido y se formaron tres grupos: uno de vigilancia, compuesto por dos parejas que se situaron respectivamente en la Roca del Dinosaurio y en la Roca Zapatera; otro de costureras, encargado de coser las telas; y el tercero, cuya misión sería costruir el cajón para el globo.

Las centinelas se encaminaron marcialmente a sus puestos: Tere y Luisa, al Dinosaurio; Gemma y Beatriz, a la Zapatera. Inma, Pili y Rocío se situaron junto a unas rocas que ocultaban el camino y, armadas de clavos y martillos, se prepararon para dar forma a las planchas de contrachapado caídas a sus pies. Las costureras, puesto que necesitaban más espacio, se situaron en la explanada; se sentaron formando un gran círculo; fueron extrayendo las telas de las bolsas en que las habían traído y extendiéndolas, confrontando unas con otras.

- Queda muy raro- opinó Mari Carmen, observando el resultado.

- Bueno, mujer, tampoco va a ser perfecto. Y además, cuando se llene de aire sí parecerá un globo- la tranquilizó Raquel.

Animadas por estas palabras, siguieron con su tarea. Procurando no mover las telas, María José se desplazó a gatas hasta el empalme central y fue prendiendo con alfileres los dobladillos de una sábana azul desgastada y una cortina enorme teñida de colores chillones. Al mismo tiempo, Ana hacía lo propio con otro de los dobladillos de la cortina y el más corto de una pieza informe de tela blanca. Los alfileres se habían agotado, y el tiempo también.

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- ¡Con madera!- gritó Raquel- Pero si es muy fácil. Compramos o cogemos madera y hacemos un cajón grande y alto.

La solución era tan simple que todas se preguntaron cómo no se les había ocurrido antes.

Ahora ya se hacía tarde para permanecer allí. Tendrían que reunirse mañana en el recreo y tomar de nuevo decisiones.

Fueron todas juntas hasta La Solana y allí se despidieron hasta el día siguiente. Estaban de muy buen humor: los chicos no habían ido a molestar y ellas habían resuelto los graves problemas que planteaba la construcción artesanal de un globo. Una tarde estupenda.

La reunión matinal fue un éxito: se acordó que cada una acaparara cuanta tela pudiera conseguir y se formó una delegación para comprar la madera necesaria; según sus cálculos, no sería mucha, porque todas podían aportar algún cajón inservible y cosas por el estilo.

- Mañana otra vez aquí para ver lo que tenemos; y por la tarde, a Santa Isabel- concluyó Amanda.

Pero hasta la llegada de la tarde siguiente, hubo de transcurrir la de aquel mismo día, una tarde en la que diecisieta pacientes madres tuvieron que soportar las insistentes peticiones de tela hechas por sus hijas a intervalos de cinco minutos.

A la pregunta materna:

- ¿Para qué la quieres?

respondía la hija evasivamente:

- Para una cosa.

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